Lejos no es en la siguiente esquina

Hay días que, contrario a otros días, subo a la colina sólo para ver el mar. Días, como este día, en que (en lugar de correr) me siento al lado de la cerca de piedra para hacerme preguntas que no tienen respuesta. Preguntas sobre la amistad, sobre el amor, preguntas sobre la lealtad, sobre el desencanto, preguntas sobre la represión o el odio. Sentado sobre un tronco frente al mar inabarcable, me hago preguntas sobre los días que se pierden en las entretelas de la noche y sobre los hombres que antes (muy antes) fueron corderos y ahora son lobos de mala caza. Preguntas, decía, que no tienen respuesta pero que van adquiriendo un rostro o un cuerpo (una mano, una oreja, unos labios) conforme las olas regresan o se van, o conforme los albatros ascienden o se abisman. Son días en que sólo subo a la colina para ver el mar, viniendo caminando por el camino arbolado, solo, en las mañanas en que la gente aún no despierta, y está metida entre las sábanas o bebiendo café en el living, mientras yo (aquí) pienso en mi país y en la distancia que ha empezado a dividir mi corazón (de hoy y para siempre) en dos pedazos.

La Jornada Semanal

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