Los trabajos y los días

Me gusta extraviarme en trabajos literarios que no me llevan a nada. Trabajos literarios por los que no obtengo ni un solo punto académico partido por la mitad. Ni académico y me temo que ni literario, siquiera. Al menos nada que engruese mi obra literaria. Nada que me haga, digamos, más poeta o más novelista, menos transeúnte. Pero, aun así, me embeben esos trabajos que no valen nada. Pierdo horas enteras en ellos. Horas, por decirlo así, sin oficio ni beneficio, horas a altas horas de la noche, como ahora que preparo una obra hecha de fragmentos de diarios íntimos, recortes de memorias o cuadernos de notas, capítulos autobiográficos, confesiones, extractos de crónicas o artículos, y me hallo de pronto en medio de una larga conversación que, al final del día, no creo que interese a nadie sino a mí mismo, nada más, porque finalmente sólo recorto y pego aquellos fragmentos que me dicen algo a mí, que para mí tienen un significado solamente, que yo y nadie más puede contestar. A veces pienso que vivir es tan solo esto: una forma de pasar el tiempo de la mejor manera, no es el que gane más fama o fortuna quien gana, sino el que pasa el tiempo de la mejor manera, y se convierte en el tiempo mismo, y fluye con él, y con él se pierde, cualquier día, para siempre.

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