Marca Tommy

Hace tiempo me regaló un tío rico una camisa marca Tommy. Bella la camisa. Nunca había tenido una. Las veía pasar, nomás, en brazos musculosos, espaldas anchas, pechos levantados hacia arriba.  Y sentía envidia, francamente. No sé por qué, pero sentía envidia. Hoy tenía una camisa y no pensé usarla sino en ocasiones muy especiales. Lo hice una, dos, tres ocasiones. Hace unos días, a unos días de un evento importante, le pregunté a mi mujer que si, por favor, me la volvía a planchar. Mi mujer accedió de buena manera. Sabía que usar la camisa Tommy me ponía de buen humor. Sacó el burro de planchar y la plancha, recién comprada. Mientras ella planchaba yo fui a la cocina por un vaso de agua. Me tardé allá viendo la azalea, que ya había invadido parte del jardín. Cuando volví, noté en el rostro de mi mujer un enrojecimiento anormal. Le pregunté qué tenía. Me dijo: te voy a contar algo. Dejé el vaso sobre el burro de planchar y la escuché. Me contó que empezó a planchar la camisa Tommy por el lado de los botones y que, cuando llegó al de más abajo, se dio cuenta que estaba cosido con hilo verde, contrario a los otros, cosidos con hilo blanco. Que entonces sintió un desgarrón en las tripas porque pensó, como cualquiera habría pensado, que alguna mujer me había cosido ese botón, porque era diferente a los otros. Pensó, me dijo, que tal vez habría sido mi madre, pero que descartó la posibilidad porque, conociendo a mi madre, lo habría hecho de otra manera y habría puesto más hilo de lo normal, para evitar que volviera a romperse. Que entonces pensó que seguramente había sido alguna mujer, y que lo había hecho incluso teniendo yo la camisa puesta, pues los trazos así lo delataban. Que pensó decirme en ese momento, ir a la cocina con un gancho de ropa y darme con él por la espalda, tirarme al suelo, y volverme a dar, pero que pensó que para qué, y que mejor se quedó callada, con el dolor contenido en el estómago. Que poco antes de que llegara de la cocina volteó la otra mitad de la camisa y que cuando empezó a plancharla, sin quererlo, bajó la mirada y la detuvo en el ojal correspondiente al botón de hilo verde, y que entonces la duda se resolvió de súbito: los bordes del ojal eran verdes también, lo que indicaba, para el que no lo sabía, que esa puntada en verde no era más que un signo de distinción de la línea Tommy. ¿Todo eso pensaste en el trayecto que hice de la habitación a la cocina, mujer? Le pregunté todavía imaginándome qué habría pasado si, debido a la furia, hubiera aventado la camisa a la basura, cogido el gancho de la ropa e ido en mi busca a la cocina. Lo demás ya sobra decirlo: todos lo saben.

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