Nueva fábula del pastor y el lobo

Hoy en la mañana abrí mi cuenta de correo y me encontré con un mensaje de Luigi Amara, amigo y poeta mexicano. En él me explicaba que estando en Edimburgo fue asaltado y no traía un peso en la bolsa, por lo que me pedía que le depositara para salir del aprieto. Supe de inmediato que se trataba de algún impostor que había intervenido la cuenta de Luigi, pero, al mismo tiempo, me sentó mal haber caído de súbito en tal conclusión, sobre todo por lo que me sucedió a mí mismo estando en Atenas hace unas semanas: por poco me asaltan. ¿Qué hubiera sucedido entonces si tal crimen se hubiese consumado? Me veo escribiéndole a mi hermano contándole el suceso y mi hermano replicando un: “¡te jackearon! Jajaja. Saludos, carnalote”. Luego me veo escribiéndole a los amigos más cercanos también, incluyendo la leyenda de “esto es real, de verdad que no me jackearon. Es real.”, y ellos devolviéndome el mensaje diciendo: “jajajaja, dizque real, jajajaja. Pinches jackers. Saludos, hermano”. Luego abriendo tuiter y tuiteándole a algunos seguidores que me han asaltado en Atenas y que necesito ayuda urgente, y ellos comentando: “me temo que ya te jackearon @rogelioguedea”. O: “ya vieron al @rogelioguedea, dizque lo asaltaron en Atenas, jajaja. ¡Bien jackeada su cuenta!”.  Luego, ante tal fracaso, me veo yendo a los estancos de periódicos a pedir de favor una tarjeta telefónica con la promesa de pagarla apenas recupere mi dinero porque fíjese, señor, que me han asaltado, y con arma de fuego. Y el dependiente diciéndome de dientes hacia fuera “lo siento mucho pero no estoy autorizado para hacer eso”, pero de dientes hacia adentro pensando “todos salen con el mismo cuento”. Por último, me veo caminando las calles desoladas y empinadas de Atenas, sin una sola esperanza, con los bolsillos vacíos pero con la certeza de que todos los avances tecnológicos, lo queramos creer o no, no han servido para nada.

 

 

 

 

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