Paraíso bocabajo

Siempre que entro en una habitación –de hotel, de casa, de asilo- no puedo evitar mirar sus dos rostros. El rostro de la pareja que tal vez estuvo ahí acariciándose y el rostro de la pareja que tal vez discutió hasta las lágrimas. O el rostro del hombre enfermo, postrado en un rincón de la cama, y el rostro del hombre sano, que leía un libro de aventuras o veía el sol más allá de la ventana. Lo mismo que me sucede con las habitaciones –esto de entrar y verles siempre sus dos rostros- me sucede con los hombres, los trabajos, los gobiernos, las crisis económicas, las ideologías, los intereses de unos y de otros. No puedo evitar verles sus dos rostros a los intereses de unos y de otros, por ejemplo, como si toda la vida se redujera a los intereses de unos y de otros, que en un país como México, mi país, parecen sólo beneficiar a unos cuantos, tal como el dichoso acuerdo PAN-PRI, en el que tanto han pecado los que mataron la vaca como los que le agarraron la pata. No parece haber solución a esto: así como el patrón se aprovecha del empleado, así lo hace el gobierno del ciudadano, los partidos fuertes de los débiles, los imperios de las colonias, y todo ello como si no supiéramos que lo que le pasa al dedo débil del piel afectará tarde o temprano el mecanismo de la pierna y, más tarde, si nos descuidamos, el funcionamiento de todo el cuerpo, y como si no supiéramos que el mundo, como el cuerpo, es una cárcel en la que todos –pobres y ricos, gobernantes y gobernados, etcétera- estamos condenados a cadena perpetua. ¿Lo entenderemos algún día? Esto mismo me pregunto cuando entro a mi habitación y los dos rostros que veo siempre ahora me miran a mí, no sin cierto odio y bastante incertidumbre.

Ecos de la Costa

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios