Parota

 

                                                                          a mi hijo Bruno,

                                                                          para que no olvide la conversación

                                                                          de anoche

 

 

Siempre había soñado con tener un patio grande y, en su centro, una parota. Una parota alta, con las ramas cubriendo todos los rincones, para sentarme a leer en las tardes. O sólo para recordar. O incluso nada más para cerrar los ojos y quedarme dormido, bajo su tierna sombra. La encontré a la orilla de un lago. Me bajé y la arranqué de raíz. La metí en el carro y no fue hasta que la transplanté en el patio de la casa que me di cuenta que tenía el tronco vencido. Estaba como inclinado, arrodillado por las calamidades del tiempo. Como sabía que dejándola así terminaría por irse de bruces, encajé un palo en la tierra, le enredé una soguilla y enderecé el delgado (pero ya firme) tronco. Me dolió hacerlo ceder, pues tenía temor de quebrarlo. Lo afiancé con la soguilla, hice un cajete alrededor y lo llené de agua. Al siguiente día, las hojillas marchitas se reavivaron, y entonces supe que había pasado la prueba. A veces, me quedé pensando mientras veía cómo el vientecillo le acariciaba las pequeñas ramas, hay que hacer lo mismo con los hijos.

 

 

 

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios