Piedra

Para poder cambiar de lugar mi vieja elíptica, a fin de abrir espacio en el sótano para otros bártulos, tenía primero que quitar la enorme lona que había puesto meses atrás sobre los tres metros cúbicos de leña, luego trasladar la leña a una pequeña bodega al lado de la terraza y después mover una enorme piedra que estaba debajo de la leña. Entonces iba a poder colocar en ese espacio vacío la elíptica y en el lugar que había dejado desocupado la elíptica iba a poder colocar el resto de los bártulos, pues los humanos acumulamos cosas como si todas nos las pudiéramos llevar también a la tumba. Puse manos a la obra, desde la mañana del pasado domingo, y poco antes de que la espalda me reventara, terminé la faena. Pero me quedaba una sola cosa: la piedra. Era una piedra enorme y el espacio que ocupaba permitía poca maniobra, de modo que había prácticamente que levantarla en peso y arrojarla hacia el fondo. Intenté inútilmente hacerlo, aun cuando me valí de un duro azadón y un pico. La piedra seguía incólume, sin apenas moverse. En un momento que respiré profundamente, echando la frente hacia atrás, pensé que la única forma de quitar de ahí la piedra era rompiéndola en piedras más pequeñas, que después trasladaría al fondo del sótano sin mayor esfuerzo. Cogí el pico y empecé a golpearla, de un lado y de otro, con la esperanza de que se agrietara, pero nada, la piedra continuaba erguida, y firme. Pensé, entonces, que lo mismo sucede con aquellos hombres y mujeres (piedras, al fin) que se unen tanto en un solo objetivo que llegan a convertirse en enormes piedras incapaces de ser rotas por nadie, por lo que uno no tiene más remedio que rendirse o adaptarse a ellas, tal como yo hice aquel mediodía en que quise cambiar de lugar mi vieja elíptica, que al final terminé arrojando al contenedor de la basura. Esto explicaría lo que comúnmente se conoce como el divide y vencerás,  repetido por muchos, pero, obviamente, como siempre, entendido por pocos.

 

 

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