Pista para correr

En el corral de la casa he puesto una pista para correr. En realidad lo que hice fue comprar un poco de cal y señalar un camino, que luego empecé a recorrer corriendo. Pocos días después de iniciada la empresa, me di cuenta de que no me había dado cuenta de dos cosas que siempre tuve a la vista y nunca vi: que el corral era más grande de lo que pensaba y que, sobre todo, podía albergar una pista para hacer ejercicio. No lo había visto hasta que puse la cal y señalé el camino. Mis hijos, incluso, se animaron también a correr, pues les daba la impresión de estar realmente en el lugar apropiado para hacer ejercicio, lo que me hizo pensar que a veces sólo basta un ligero cambio en lo superficial para conseguir una transformación profunda de nosotros mismos, tal como me pasó con el corral, que con un poco de cal dispuesta en la forma de dos líneas paralelas se convirtió en una pista para hacer ejercicio. Lo único malo es que, por alguna razón insospechada, casi todos los días tenemos que quitar piedras que aparecen en el camino, venidas de no sé dónde, y que impiden que uno corra sin el riesgo de un fatal accidente. Yo a veces dejo que mis hijos sean los que las hacen a un lado, para que así vayan aprendiendo también que la pista para correr en la que ahora se ha convertido nuestro corral es como la vida, está llena de obstáculos y no tenemos otro remedio que enfrentarlos, a menos que queramos salirnos del camino. No sé si ellos han entendido todo lo que esto significa, pero al menos han ido aprendiendo a hacer de tal limpieza un buen hábito, única arma que podrá mantenerlos siempre a salvo de toda tragedia. Sea como fuere, yo, gracias a que ahora corro todos los días en mi nueva pista, ya he bajado dos kilos.

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1 comentario en “Pista para correr”

Amador Guillén Peña 20 enero ,2015 a las 5:22 pm

Maestro Guedea: Por un momento creí que el camino de cal era un laberinto que un hombre afectado de sus facultades mentales construía en el patio de su casa, ante el estupor de sus hijos, que en principio le daban por su lado, para luego descubrir, horrorizados, que el hombre estaba volviendo a su etapa infantil, sin controlar esfínteres y sin tener idea del bizarro mundo que estaba planeando en pos de su autodestrucción. Creí que era un cuento, pues, pero resultó otra cosa. Saludos desde el Distrito Federal.

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