Plagios

Yo siempre he tenido un respeto enorme por mis manos. ¿Qué haría sin ellas? Y, además, una relación muy cordial. No podría juzgar a una mejor que a otra. Imposible decir: prefiero a la izquierda o me llevo mejor con la derecha. Negar a una es negar a la otra. Negarme a mí mismo. Son parte de mi cuerpo, este saco de piel y huesos que me transporta de un lado a otro, sin cobrarme peaje. Pobre de aquel que establece fronteras entre sus manos, o entre su pecho y su espalda, o entre sus dos ojos, siquiera. O si queremos ser más metafísicos: pobre de aquel que pone linderos entre cuerpo y alma, ética y estética. Lo que hagan mis manos es culpa mía, y lo que hago yo mismo las perjudica a ellas. Si mi boca insulta a un policía, mis manos van a dar a la cárcel también, no sólo mi boca. Se juzga al conjunto, y no nada más a una parte. ¡Qué injusto!, bufarán. Y a la inversa: si mi mano izquierda plagia artículos periodísticos, por decir algo, se lleva entre las patas a mi mano derecha, escritora de novelas, cuentos y ensayos, que nada tenía que ver. Y no sólo eso: de paso se lleva a mis piernas y hasta mi sombra, que se verá entre las rejas gracias a la luz de la luna. No podemos dividirnos, pues, por más esfuerzos y argucias que hagamos para conseguirlo. Y más nos valga.

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