Poesía y juego

Últimamente, para apaciguar la ansiedad, me ha dado por jugar un juego en el que se debe desbloquear un trozo de madera al que rodean otros trozos demadera puestos en diferentes posiciones. Los trozos de madera sólo pueden moverse en la dirección a la que apunten sus extremos, lo que hace esto cada vez más complicado. Obviamente, entre menos movimientos hagas para desbloquear tu trozo de madera es mejor, y puedes incluso ser considerado un maestro. Yo, lo digo sin rubor, me he alegrado al ser reconocido como tal por la maquinita, que grita: ¡puzzle máster! Con el afán de hacer los mínimos movimientos intenté muchas veces realizarlos primero mentalmente, pero me di cuenta de que era imposible. Lo mejor era hacerlo sobre el camino, atisbando las juagadas precisas porque sólo así podía tener un mejor panorama del lugar de las piezas, sin perder así la visión de conjunto. Poco tiempo después supe que al responderme esto también estaba resolviéndome un problema técnico relacionado con la escritura de la poesía. No menos un día antes quería escribir un poema que no terminaba de formárseme en mi interior. Lo veía, pero no lo veía completo, como en ciertas ocasiones, y eso me angustiaba. Fue hasta que, asido a un tono aún endeble, ciertas imágenes borrosas, etcétera, más bien lleno de incertidumbres, como en el juego del trozo de madera, empecé a escribirlo. Mientras avanzaba en el poema todo se iba concretando tal como, en un principio, apenas lo intuía, y al final el poema fue como haber visto, detrás de la ventana, el paisaje en toda su plenitud. Tal vez por todo esto ahora he llegado a una conclusión menos vulgar: que la mejor forma de llevar la vida es, ni más ni menos, que viviendo en su mero presente, sin que nos angustie sus incertidumbres de mañana o pasadomañana ni nos atribulen las pesadillas del pasado, como en el juego de los bloques de madera o la poesía, que se resuelven mientras los escribimos o, en todo caso, los jugamos.

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