Raíces

Antes de ir a México tuve que dejar algunas cosas arregladas aquí en mi casa de Nueva Zelanda, para evitar cualquier estropicio: la llave de agua cerrada, el controlador de luz apagado, las ventilas abiertas, etcétera. Entre todas esas cosas también tuve que desencajar el tendedero de su base, para poderle abrir espacio al brincolín. El tendedero es una armazón en cruz hilvanada de soguillas metálicas a su alrededor que sirven, como se sabe, para colgar la ropa. Lo puse en pie y lo recargué sobre la barda del traspatio, en una jardinera de pura tierra, asegurándome que ningún viento lo arredraría. Cerré la puerta de la casa con doble llave y, luego de mirar por la ventana su interior vacío, partí para México. Estuve un año en mi país, aquí y allá: Texas, Colima, Grecia, Nayarit, Roma, abajo, arriba, escribiendo, cantando, deambulando nomás por las calles, como aquel que quiere llenarse los ojos de mundo. Volví hace unos días. Lo primero que hice fue reconectar la luz, ponerle la batería al coche, comprar un poco de despensa, y luego meterme al jardín, que se había convertido en una selva. Como mi mujer empezó a lavar sábanas, colchas, ropa que había sobrevivido a la humedad, no tuve más remedio que colocar el tendedero. Pensé que sería una cosa nada más de jalar, levantar un poco y volver a ensamblar, pero nada de eso. Cuando intenté levantarlo me di cuenta de que una de las soguillas, la que había quedado al ras de tierra, estaba enredada entre los matujos. Jalé más fuerte, creyendo que con eso sería suficiente, y tampoco, los matujos se habían entreverado en ella de tal forma que, incluso, en uno de esos tirones se dobló uno de los brazos de fierro del tendedero, y aun así no se doblegó. Tuve que traer un machete para cortar las raíces por uno y otro lado y lograr así sacarla del abismo de nudos. Mientras cortaba las raíces con el machete me di cuenta de que ese dolor que yo sentí al subir al avión que me traería de México era porque alguien, de allá arriba o de abajo, me estaba también cortando a machetazos los matujos que me enraizaron durante un año a las calles de mi país, sus paisajes y rostros, el cielo azul de mi ciudad natal, mi barrio intacto, para después colocarme, como yo al tendedero, en el lugar que supuestamente me corresponde, aunque uno sepa en el fondo, dicho sea de paso, que no es así.

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