Realidades insumisas

Abro la puerta de la casa, al volver de la universidad, después de un día agotador, y encuentro a una mujer rubia, ciertamente neozelandesa, lavando los trastos en el fregadero, con los auriculares colgando del cuello. Giro un poco la cabeza, todavía parado en el umbral de la puerta, y veo a un hombre, al parecer su marido, tocando mi guitarra en la sala, con una pierna encima de la otra, y llevando mi camisa a cuadros que traje de México. Sobre la mesa hay dos tazas de café, cuatro panes tostados, mantequilla, mermelada, y dos huevos duros. Se escucha bullicio de niños (uno, dos) en la habitación de mis hijos. Es mi casa, pues reconozco sus muebles, paredes, el mantel, mis libros, el saco que olvidé colgado en el respaldo de la silla, pero pareciera que he llegado a un hogar equivocado. Por un momento pienso, aún sin atreverme a echar a andar mis pasos, que mis hijos, mi mujer y yo nos hemos transfigurado en esos nuevos habitantes y somos, ahora, ellos mismos. Por un momento tengo la certeza de que las dos dimensiones de la casa (la real y la irreal, la pasada y la futura) han decidido, por fin, fundirse en una misma de una buena vez y para siempre.

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