Serpientes y escaleras

Mi mujer me dijo que jugara “Serpientes y escaleras” con mi hija. Me lo pidió con un simple objetivo: tiene que practicar las sumas. Juéguenla con dos dados. El objetivo me impidió rehusarme. Había que contribuir en algo. Además, jugar “Serpientes y escaleras” seguro me traería recuerdos gratos de algún pasado infantil. Ya lo saben: las escaleras suben y las serpientes bajan. Saqué los dos dados mientras mi hija acomodaba el tablero sobre la mesa. Mi mujer limpiaba la cocina. Mi hijo tenía metida media cabeza en el computador. La otra mitad mía (la que utilizo para escribir) seguía pensando en ese verso (casi) imposible de traducir. Ese gran poema de Vincent O’Sullivan. El sonido de los dados arrojados por mi hija me trajo a la realidad: ¿cinco más cuatro?, pregunté, pues esa era la encomienda. Mi hija contó con los dedos una, dos veces. Repitió la cuenta. Diez, dijo. No, nueve, corrigió. Cogió su ficha y avanzó nueve casillas. Cogí los dados y los arrojé. ¿seis más tres? Más tardábamos en avanzar que en lo que caíamos en una cabeza de serpiente, lo que hacía que bajáramos tres, cinco y hasta siete  filas. Y lo mismo hacia arriba, con las escaleras. Pero, pasado un tiempo, mi hija notó que no lográbamos llegar a la meta final, por más que lo intentábamos: más tardaba en alegrarse cuando subía una escalera que en irritarse cuando caía en la boca de una serpiente. Además, se quejaba de su fatal destino, pues descubrió en el tablero diez serpientes y sólo nueve escaleras. “¿Tú crees que esto sea justo, papi?”, dijo visiblemente exasperada. Habría querido decirle que por supuesto que no, que no era justo que hubiera más mal que bien, pero sé que de haberlo contestado de esa forma vendrían preguntas para las cuales no tendría respuestas, así que me limité a decirle que lo más importante del juego no era llegar hasta la cima, ni siquiera –y esto se lo dije cuidando que no me escuchara mi mujer- aprender a sumar, sino sólo divertirse, pasar un buen rato con los papás, los hermanos o los amigos, gozar las subidas y sacar lo bueno de las caídas, y nada más. Como en la vida.

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