Teléfono celular

Tengo la mala costumbre de checar mi teléfono celular en medio de la oscuridad, apenas despierto, muy temprano en la mañana, siempre. Cinco o seis de la mañana, todos los días. Siento, siempre, que voy a recibir una buena noticia, que me hará saltar de la cama y me alegrará el día, o una mala, que me hará acudir en auxilio de las víctimas. Eso es lo que deja vivir en la orilla del mundo, creo. En todo caso, a pesar de los años con esta mala costumbre nunca había reflexionado sobre algo: recién abro los ojos me es imposible consultar nada debido a la luz de la pantalla, que a esas horas me parece demasiado intensa. Entonces tengo que reducirla casi al mínimo, para poder ver. Más tarde, cuando mis ojos se acostumbran a la claridad, vuelvo a subir la intensidad de luz hasta que, a la siguiente mañana, repito el mismo procedimiento. Así todos los días. Ya sé que quienes han llegado hasta aquí han descubierto el hallazgo, pero yo no lo pude hacer sino hasta ayer que me di por fin cuenta que los que han vivido siempre en la oscuridad (un país, una ciudad, un hombre mismo) no pueden ver nada si reciben, de súbito, toda la claridad enceguecedora del día (o del conocimiento), y que lo mejor, en todo caso, es proporcionarles gradualmente esa luz. No estamos, pues, acostumbrados a la evolución paulatina de las cosas. Por el contrario: los cambios los queremos inmediatamente. Y si no vienen así, desistimos. Esto es: en lugar de bajarle la intensidad de luz a la pantalla de nuestro teléfono celular, lo apagamos y, en el mejor de los casos, lo arrojamos debajo de la cama.

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1 comentario en “Teléfono celular”

excelente Reflexión!!!!

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