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Cuando una mañana te levantes con ganas de escribir un poema, y para olvidarlas no hagas sino ir al desayunador a comerte unos huevos fritos, y luego, al ver que tal afán no da en el blanco, te levantas de la silla todavía con las ganas paradas en la nuca y entonces sales a la calle para olvidarte del asunto mientras recorres, apesadumbrado, los andadores del centro de la ciudad, y si después de un rato de deambular por aquí y por allá te das cuenta de que las ganas en lugar de quitársete, te han crecido más adentro, e incluso ya se te entreveraron en las tripas y no hay forma de arrancártelas ni aunque te las cortes a pedazos con una hoja de rasurar, y si a pesar de eso y de bañarte con agua fría las ganas continúan intactas en tu sesera, y por más esfuerzos que haces no puedes librarte de la tortura que es vivir con ellas, no te lamentes, no te aflijas, más bien siéntete dichoso porque eso –y sólo eso– le pasa a los poetas verdaderos.

La Jornada Semanal

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