Topi


Ni siquiera tengo que decir su nombre completo, para qué. Tampoco tengo que referirme a él con grandilocuencia, para qué. A él le gustará, a Topi, que le hable tal como hablábamos en el messenger, que era muy frecuente en los últimos tiempos, sobre todo cuando coincidimos en la campaña en defensa del actual gobernador, tan infamado como pocos. Le gustará que le refute o esté de acuerdo con esto o aquello, que le diga que sí y que le diga que no, que me enoje y nos enojemos, que me ría y nos riamos. Pero ahora Topi ya no está, y ya no estará nunca del otro lado de este computador, como tampoco estaremos todos nosotros, incluidos los que no me están leyendo, algún día. No se les vaya a ocurrir poner una placa con el nombre de Topi. No se les vaya a ocurrir cantarle alabanzas o hacerle ceremonias llenas de incienso a Topi. Tampoco se les vaya a ocurrir llevar su nombre -el nombre de Topi- en hombros por la calle Madero. Eso es políticamente correcto, pero moralmente un embuste. Topi: no lo permitas. Que te lean, mejor, que para el que escribe -se sabe- no hay mayor recompensa. Aunque ni esto asegura la inmortalidad –vaya palabreja-, que alguien compile sus mejores artículos, los revise cuidadosamente, les haga un buen prólogo y busque una institución generosa que los publique. Tal vez en esa búsqueda se den cuenta de que nada de Topi es publicable, o tal vez, cuando aquello que es publicable se publique, nadie lo lea, o tal vez cuando aquel que lea lo publicable ningún provecho de ello saque. Qué importa. Vivir, es cierto, es caminar sobre la cuerda floja, sobre el puente colgante, pero esto no tendría recompensa si no estuviera la muerte para derribar el orgullo del que logra mantener el equilibrio por más tiempo. En fin. Que te vaya bien, mi hermano, estés donde estés y vayas a donde vayas, si es que no te place quedarte mejor en el mismo lugar.

Ecos de la Costa

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