Un árbol de manzanas

En la parte de atrás de la casa plantamos un árbol de manzanas, pero al paso de los días nos dimos cuenta de que lo habíamos plantado en un lugar equivocado. El manzano ya había dado manzanas dos años, sí, pero seguramente  por mera gracia de Dios, pues sobrevivía en medio de un matujal y de unas lianas inclementes, que lo asfixiaban. Decidimos, un día, trasplantarlo, colocarlo en medio del jardín, donde engalanaría nuestras tardes soleadas. La encomienda se la dejé a mi hijo, quien presto cogió pico y pala y puso manos a la obra. Mientras mi hijo llevaba a cabo su labor, yo escribía algo en mi oficina, mirándolo, de vez en vez, a través de la ventana. Feliz recuerdo el momento que lo vi  cavar el nuevo hoyo e insertar ahí el manzano, todavía con algunas endebles raíces. Al cabo de unos meses, mientras recortaba las ramas del pino, atisbé en él algunas hojas secas y unas ramas desvalidas. Parecía un hombrecito encogido de hombros, con la barbilla sumida en el pecho y los ojos tristes. Quise revivirlo echándole una cubetada de agua, pero fue inútil. Unas semanas después tuvimos que arrancarlo y echarlo al matujal, junto a otro montón de maleza, sin más remedio. Aquella tarde, mientras escribía en mi oficina, como ahora, lo vi a través de la ventana, muerto, con las raíces rotas y las hojas arrancadas. Creímos que estaría mejor en medio del jardín, rodeado de flores amarillas y rojas, con la esperanza de un columpio apenas engrosara su tronco, pero pronto aprendimos que la naturaleza tiene otras leyes y la vida, para bien de unos y para mal de otros, no siempre nos confiesa sus secretos.

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