Un país de leyes

Como se sabe, un buen día el filósofo Platón subió a un carruaje y viajó a Sicilia invitado por el tirano Dionisio I, quien requería su consejo. Ya en la corte, Platón intentó influir en él para hacerlo, digámoslo así, un buen gobernante. De hecho, muchas ideas aparecidas en La república intentaban cumplir esta vocación. Pero Dionisio I el tirano lo que quería era, seguramente, escuchar alabanzas y no hubo más remedio que desterrar a Platón. Corría el año 367 A.C. cuando murió Dionisio I y fue sucedido por su hijo Dionisio II, quien, al igual que su padre, se aprestó también a invitar al filósofo ateniense. Platón aceptó porque pensó que Dionisio II era la excepción a ese dicho que dice que de tal palo tal astilla, pero pasado un tiempo se dio cuenta de que las consejas populares eran irrefutables y Dionisio II, por tanto, había resultado igual o peor que su progenitor. Platón volvió a ser desterrado. El autor de Los Diálogos, basados en las enseñanzas de su maestro Sócrates, vuelve a Atenas y continúa su labor docente en La Academia. Una tarde en que hacía una evocación con sus alumnos sobre Parménides, se dio cuenta de súbito que era mentira que los tiranos pudieran cambiar y que por tanto era mejor establecer reglas claras de convivencia. Esa misma tarde, en una especie de rapto lírico, empezaría a escribir Las leyes, un poco para enmendar lo escrito en La república, y un poco para resarcir, por qué no decirlo, su propia decepción. Después de leer Las leyes de Platón, dejé el libro sobre el escritorio y pensé que tal vez mi país podría aprender de esta enseñanza. Sin embargo, apenas salí a la calle algo empezó a decirme, algo lejano e intrincado, que ya era demasiado tarde.

Periódico Ecos de la Costa / AFmedios

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6 comentarios en “Un país de leyes”

Plus ça change, plus c’est la même chose, decía por ahí algún francés. Sin embargo lo que caracteriza lo humano y lo hace trascender es no cejar. Los tiranos parecen ser invencibles. Pero no hay uno solo que no haya sido denigrado y revelado como lo que fuera. Y muchos han sido derrocados.

Martha Leonor Anides 20 mayo ,2011 a las 1:54 pm

Esta reflexión se aplica a muchos ámbitos de la vida, en algún momento pensé ehhh tal vez puedan cambiar, pero en efecto hay cosas tan enraizadas que ya no es posible quitar, sin embargo no perderé la esperanza.

A malos usos y costumbres, cuchillito de palo, mi estimado.

Tengo poco interés y pocas esperanzas en el cambio de los “malos”. Ni sé si pueden cambiar, ni me importa. Lo que sé y me importa es que, aunque sigan “siendo” igual, “hagan” cosas diferentes; y sólo lo harán si se les motiva, se les obliga, o se les echa.

La refranería tiene un enorme valor, recoge la sabiduría popular. He ahí uno que se adecua a lo que se comenta. “No hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”

Nunca es demasiado tarde, para todo. Es necesario vivir reconociendo que estamos vivos y todo es posible. Y no vivir muertos en vida. El amor es la fuerza mas poderosa de todo el Universo, y mientras exista el amor en nosotros (aún sean gotas) podemos lograr lo que sea, imaginemos el testimonio de amor de hombres y mujeres que luchan incluso con toda la humanidad encima, atendiendo a hermanos, de todas las edades, sexos y colores; en centros de refugiados, y que todo, absolutamente todo; es desafiante y desalentador. Con todo y ello, su amor es lo único que les permite mantener la cordura ante el dolor y la esperanza de que todo tiene un propósito en la vida. Y por ello estamos aqui. Un gran saludo mi estimado Rogelio.

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