Uno

Ayer en la noche que jugaba Uno con mi mujer y mi hijo pude entender el significado real de esa frase tan trillada como cierta que dice: la unión hace la fuerza. La he repetido cientos de veces (ahora cada vez menos, a saber) y escuchado o leído miles en periódicos, revistas, telediarios o en la boca de personas cuyo discurso, lo pensamos, está lleno de lugares comunes. Pero jamás había caído en la cuenta de lo que la frase la unión hace la fuerza quería decir realmente, aun cuando sea tan evidente que ni siquiera merezca explicación. Lo supe cabalmente, sin embargo,  ayer noche que mi hijo juntó las cartas desperdigadas del juego que acababa de perder, las adosó una con la otra, y las dejó en un solo bonche en medio de la mesa. Recuerdo que yo, como si fueran lo único que existiera en el mundo en ese instante, las cogí, golpeé su canto contra la madera, de uno y otro lado, quise doblarlas por el medio y, luego de varios intentos, me di cuenta de que era imposible. Entonces separé una sola carta y realicé la misma operación, y la carta se resquebrajaba, pero apenas la adhería al resto de las cartas y no había manera de arredrarla. Podía incluso caer en peso sobre ellas, y nada. Juntas las cartas permanecían incólumes ante cualquier adversidad, tal como esos que salen a las calles a protestar o que caminan en bloque, con sus bayonetas en ristre, contra el enemigo.

 

 

 

 

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