Unos centavos en la bolsa

Si no fuera por mi mujer no tendría ahora ni para comprarme un rábano. A ella le debo que no deba. Le debo, además, que pueda traer siempre unos centavos sonando en el bolsillo del pantalón, pues debo reconocer que siempre he tenido que hacer un esfuerzo enorme para que duren ahí -en el bolsillo del pantalón- un día y acaso el siguiente. Ahora que lo recuerdo, desde la primaria vengo dando bandazos: nunca fui capaz de guardar los cinco pesos para comprarme a la salida de la escuela una bolsa de frutas o una paleta, como la mayoría de mis compañeros. ¿Cómo hacían? ¿A qué diablo le vendían su alma? En mí no había caso: a mitad del recreo se me había esfumado mi gasto. Más tarde, ya en la Facultad de Derecho, lo mismo. Me consolaba un solo pensamiento: no podré perder nunca nada porque, claro está, nunca tendré nada. Pero luego encontré a mi mujer y entonces fue que empecé a cambiar ese destino desolador. Ya la tenía a ella, y la esperanza daba una voltereta en el aire, del puro gusto. Luego ya vinieron las posesiones vulgares, como esa del dinero que lograba permanecer más de un día en mi bolsa, o como aquel día en que puede tener dos pares de zapatos además de unos tenis para correr. Lo veía y no lo creía: mi mujer me había convertido ya en un hombre con unos centavos en la bolsa. Ahora, podía decirlo, era otro. Lo era porque ella, en más de un sentido, ya era yo.

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