Viajar en casa

Para tener la sensación de que estoy cambiando de lugar, de que viajo, de que no me he quedado quieto como el agua estancada, suelo habitar por intervalos considerables de tiempo algunas partes de la casa. Me mudo, como quien dice, con todo lo que puedo. Esto es: con todo lo esencial. Es, de pronto, como preparar un viaje largo en el que sólo puede llevarse lo que llevas encima, y de esa forma preparo, por ejemplo, mi viaje de mi habitación a la habitación de mis hijos, de la habitación de mis hijos a la pequeña oficina donde escribo, de la pequeña oficina donde escribo a un rincón de la sala. Me llevo algunos libros, mi taza de café, un pequeño maletín con una grabadora de reportero, una agenda, tres libretas cuadriculadas, mis tenis deportivos, un pantalón corto y mi computadora. Me instalo en el lugar y todo el mundo cambia, como si en realidad hubiera llegado a otro país. Tengo a veces una ventana nueva, como la que da al patio cuando estoy en la sala. O una pared nueva decorada, como la de mi oficina. O un radio de onda corta, como el de mi habitación. O incluso un Play Station y una cama rodante, como en la habitación de mis hijos. Soy feliz viajando en casa, siendo otro sin salir del mismo sitio. He pretendido también utilizar el baño en esta empresa, pero me da la impresión de que las cosas terminarán, tarde o temprano, muy mal, tal como esos viajes de placer que planeamos con nuestra mujer y que, al regresar, terminan en un divorcio definitivo.

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