Homenaje a Cabrera Infante

Uno tiene escritores que, por razones inexplicables, le son afines y, más que afinidad, lo que encontramos en ellos es lo que se dice un alma gemela. Con Cabrera Infante me sucede eso. Hay algo en él, tal vez una dimensión del espíritu, que me identifica con el hombre y el escritor que fue, y con esa personalidad recia que tenía, incluso con sus padecimientos nerviosos. Para abonar más a esta certeza, estuve hace poco en la Feria de Londres. Me hospedé en un hotel de Earls Court. La habitación de ese hotel tenía unas ventanas que miraban hacia unos edificios y que me recordaron de súbito una fotografía que tiene Cabrera Infante justamente al lado de la ventana. En la fotografía Cabrera Infante aparece sosteniendo una hoja que lee utilizando la escasa luz que se le escapaba a la neblina. Me quise tomar una foto así, pero al final, por una razón u otra, no lo hice. Pasaron los días y los aeropuertos, y hace apenas ayer, estando en la Feria de Libro de los Ángeles, a la que fui a presentar “Sólo cuento III”, una antología publicada por la UNAM, compré Sables y utopias , de Vargas Llosa. Me puse a revisar el índice y, casi al final, encontré un ensayo dedicado a Cabrera Infante. Como hago siempre que se trata de él, me puse a leerlo. La sorpresa no se dejó esperar. En una parte, Vargas Llosa refiere los tiempos en que Cabrera Infante vivió en un sótano de Earls Court, en Londres, como exiliado, con apenas unas monedas en la bolsa que no le alcanzaban para sostener a su mujer y sus dos hijas. Yo había estado, caía en la cuenta, en Earls Court también, y ahí mismo recordé a Cabrera Infante, como si el escritor cubano, desde el otro lado del cielo gris, me hubiera enviado una señal de vida o tan sólo hubiera intentado ser recíproco con uno de sus más genuinos lectores. Imposible saberlo. Lo cierto es que a mí ahora nadie me quita esta idea de que la vida de la literatura corre paralela a nuestra vida cotidiana, la de todos los días, con la que nos levantamos y vamos al trabajo, y que en algún momento, sin nosotros saberlo, en el lugar menos esperado (un hotel de Londres, por ejemplo), ambas no tienen más remedio que fundirse.

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