A más de un mes de Ayotzinapa

En su ensayo “A cinco años de Tlatelolco”, Octavio Paz no sólo hace un recuento de las causas de la matanza de los estudiantes en 1968, sino además –y esto es lo más importante- lleva a cabo un balance –sumarísimo, pero significativo- de la historia de nuestro país, la situación de nuestros partidos políticos y la crisis en México.

Para abordar Tlatelolco se vale de lo sucedido en México en los tumultos de 1692, donde muchas personas perdieron la vida precisamente por haber osado levantar la mano para pedir justicia.

Paz concluía, básicamente, que, salvando las distancias, las demandas de la sociedad mexicana (antes bajo la colonia, luego en la época independiente) seguían siendo las mismas, como igual era la situación que vivían los mexicanos: desigualdad, pobreza de muchos, riqueza de una minoría, impunidad e injusticia.

Sobre los partidos políticos, afirmaba categórico: “Hay un anquilosamiento intelectual de la izquierda mexicana, prisionera de fórmulas simplistas y de una ideología autoritaria no menos sino más nefasta que el burocratismo del PRI y el presidencialismo tradicional de México. En cuanto a la derecha: hace mucho que la burguesía mexicana no tiene ideas -sólo intereses”.

En suma, concluía Paz, “el sistema político mexicano está fundado en una creencia implícita e inconmovible: el presidente y el partido encarnan la totalidad de México”. Luego de sus reflexiones, Octavio Paz se convencía de que el movimiento del 68, que había asesinado a estudiantes, era la posibilidad real del cambio. Algo se había transformado ya en México y todo sería diferente para siempre.

Nuestro Nobel de Literatura murió en 1998 y, lamentablemente, ya no sabría que casi cincuenta años después, este 2014, una tragedia de iguales o quizá peores dimensiones (por la barbarie con la que se asesinaron a los estudiantes) ocurriría.

El México que vislumbró Paz fue una utopía más, porque: los partidos políticos siguen en igual o peor descrédito, la desigualdad crece, las minorías engordan descaradamente su riqueza, los jóvenes estudiantes se siguen asesinando. Pasó en 1692, sucedió también en 1968 y ha vuelto a ocurrir hace poco más de un mes en Iguala.

Contrario a Paz, yo no creo que la matanza de los jóvenes normalistas vaya a traer un cambio en nuestra conciencia social y política, ni tampoco una evolución en nuestro estado de valores.

Luego de las últimas decisiones que se han tomado en Guerrero (como el nombramiento del nuevo gobernador, cuyo pasado guerrillero preocupa menos que su sumisión a los poderes fácticos), veo sólo más muerte, más impunidad y más corrupción.

La misma película que hemos visto, lamentablemente, desde hace trescientos años.

 

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios