Antisocial

Lo que causa, sin duda, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) es vértigo.

 

Imposible verlo y escucharlo todo. Si llega uno sin nada bajo el brazo (alguna charla de algún escritor, el título de algún libro), el vacío se recrudece: la FIL, pues, es demasiado para un viajero que carece de una brújula y un mapa, al menos, de orientaciones.

 

Sin embargo, como también viajar sin rumbo tiene su heroicismo no lo es menos su recompensa. Nada hay –para algunos, para muchos- como meter las narices en las estanterías de libros, los anaqueles de novedades o las colecciones de autores clásicos sin plan establecido.

 

Así he conocido yo mismo poetas y novelistas que hoy me son entrañables y así, hace un par de días, mientras hurgaba los anaqueles de Ediciones B, encontré la colección Antisocial, una serie de novelas que tienen un único destinatario: los jóvenes lectores mexicanos.

 

Me hice, como pude, de los tres primeros volúmenes de la serie: Operación Snake, de Agustín Cadena, una especie de thriller en donde el personaje principal, Horacio, tiene que resolver de dónde vienen esos cadáveres que están apareciendo, sin una gota de sangre, del otro lado del puente de piedra, en el río; Hacker, de Elman Trevizo, rauda historia que nos introduce en el mundo de los criminales cibernéticos y en la que Xavier, su protagonista, joven y experto pirata virtual, es contratado por una misteriosa mujer para recuperar el dinero robado por Cristina, una de las mejores (y más bellas) ladronas de la red; y, por último, Rockboy y la rebelión de las chicas, de Armando Vega-Gil, que nos subvierte con la historia de una colegiala rebelde que pondrá en tribulaciones, en un santiamén, al líder y guitarrista de una banda de rock.

 

Lo que imanta de esta triada de novelas no es su propuesta novedosa y bien clara en cuanto al público al que se dirige, tampoco la suberversividad con la que se intenta establecer tal diálogo (que ya de por sí el título de la colección nos lo advierte), sino, sobre todo, que son novelas escritas, ilustradas y diseñadas por autores nacionales, con historias que reflejan la realidad de nuestro país (no la de Japón o Alemania) y específicamente pensadas para la sensibilidad de los lectores jóvenes mexicanos, los cuales se sentirán –en más de un sentido- apelados por ellas.

 

La literatura destinada a niños parece que abunda (por la falsa creencia de que se trata de un público poco exigente), la de jóvenes no escasea pero debido a que la línea entre tal mundo y el de los mayores es muy endeble, casi siempre o se termina en una novela para niños o se acaba en una para adultos. Antisocial respira tranquilamente entre ambas fronteras, y en ello radica su fortuna. Por eso les dejo un único consejo: si andan por la FIL, no salgan sin ella.

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