Comala: la magia en riesgo

Hace unos días el alcalde de Comala, Braulio Arreguín, anunció su rompimiento con la Secretaría de Turismo del Gobierno del Estado por la supuesta falta de entrega de los cinco millones que ganó dicho municipio en el concurso Pueblos Mágicos de México. El reclamo del alcalde habría sido legítimo de no existir como precedente los acuerdos entre el actual Gobierno estatal y el entonces Gobierno federal (panista) para la aplicación de tales recursos (al parecer ya reconocidos por la Secretaría de la Función Pública), pero, sobre todo, de no haber sido evidente que fue gracias a la intensa campaña llevada a cabo por el Gobierno del estado a través de la Coordinación General de Comunicación Social, encabezada por René González, que este municipio se hizo acreedor a tal reconocimiento.

Lamentablemente, el municipio de Comala no tiene la infraestructura con que cuenta la administración estatal y esto limitaría la proyección que le pudiera dar a las obras que intenta realizar con estos recursos, las cuales, según lo declarado por el alcalde, se reducen al alumbrado de la carretera Villa de Álvarez-Comala, al mejoramiento de vialidades y al embellecimiento del jardín principal. O sea: prácticamente nada.

El apoyo del Gobierno estatal se hace, pues, crucial, (más allá de los dineros obtenidos del  concurso), en especial porque se trata de un municipio emblemático, incluso literariamente, y esto no se ha explotado nunca, de otra forma no lo estragarían sus constantes crisis financieras. El encuentro entre el gobernador y el alcalde para solucionar este conflicto no debe postergarse más, pues, con un bien diseñado plan estratégico, Comala lograría tener una resonancia internacional, que beneficiaría a propios y extraños.

Un especialista en café de la Universidad de Otago, acá en Nueva Zelanda, por ejemplo, me ha asegurado que el café producido en la región de La Yerbabuena (cuyo café El Jilguero, por cierto, ganó hace poco un premio nacional) puede competir con otros cafés del mundo. Yo no sólo creo esto, también creo, después de ver lo que se hace en materia turística en Nueva Zelanda, que la llamada Zona Mágica podría ser un atractivo que dejaría grandes dividendos para el municipio y el estado.

Pensar que todo esto se puede sólo lograr con dinero, y no con creatividad e ingenio, es un costo que nos ha salido siempre carísimo, y  más cuando se colocan entremedio los intereses partidistas.

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