Cuauhtémoc no es Nueva York

Las leyes sirven para regular la vida de los seres humanos que viven en sociedad. Se hacen para regular las relaciones que tienen estos individuos entre sí y siempre con el fin de que prevalezca el orden y la paz común. Las leyes nacen de las costumbres de la gente, y de sus hábitos, y tienden al bien común. O sea, buscan beneficiar a la mayoría, no a unos cuantos. No se hace la ley y luego se espera que se convierta en costumbre. Por eso muchas leyes que aplicarían en México no podrían aplicar en China, porque lo que es considerado bueno en China puede ser malo en México, y lo que es bueno en México puede ser considerado malo en China. Santo Tomás de Aquino y Montaigne dan significativos ejemplos sobre esto.

Refiero lo anterior porque hace poco surgió un debate sobre las bodas gay que la presidenta de Cuauhtémoc estaba celebrando a la luz pública amparada en el derecho que tenían los contrayentes de hacerlo. Esto ocasionó que el diputado Rafael Mendoza, al parecer luego de haber hecho un sondeo en la población, manifestara su rechazo a esta práctica, lo que le ganó una confrontación con la presidenta Vizcaíno y un abucheo por parte de muchos de sus detractores. Yo he tenido una postura muy crítica con respecto al desempeño del diputado Mendoza, que me parece que hace (como muchos diputados) una política de la peor ralea y poco trabajo legislativo realmente de trascendencia, pero en este caso le doy la razón por un hecho simple: Cuauhtémoc no es Nueva York. Cuauhtémoc, nos duela o no, sigue siendo un pueblo católico, de costumbres muy conservadoras, y hay que tener mucho cuidado al intentar implementar estas prácticas “tan progresistas”. Lo que quiero decir es que no hay que irse a los extremos, porque todos los extremos (como lo constató el propio Aristóteles en su Ética) son malos. Yo creo que la unión entre las personas del mismo sexo es algo irrebatible, pero de ahí a que éstas se celebren a la luz pública hay una diferencia notable, sobre todo si existe un número considerable de personas que no están de acuerdo con ello, como lo manifestó el diputado Mendoza, pues así como los contrayentes tienen derecho a casarse a la luz pública ese mismo derecho le asiste a las personas que no quieren verlos ahí (por las razones que sean). No se puede, pues, imponer derechos pisoteando otros. El día en que en Cuauhtémoc o Colima, como aquí en Nueva Zelanda sucede, los padres de los hijos gays acepten en casa a las parejas gays de sus hijos, y los lleven de vacaciones como se hace con las parejas heterosexuales, y el hijo gay se bese con su pareja delante de sus padres sin ningún problema, y su pareja gay se quede en su recámara a dormir, entonces ya podemos celebrar las bodas gay donde nos dé la gana, incluso en el  Rey Colimán. Mientras, seamos sensatos y dejemos de hacer política de folletín haciendo creer que somos la mujer maravilla.

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