De derecha a izquierda o viceversa

Cuando estaba en la secundaria era peleonero, pero tenía la mala costumbre de cerrar los ojos mientras tiraba golpes a mi adversario. Un día, el profesor Goyo, de Taller de Fundición, me dijo algo que fue revelador: si no abres los ojos nunca sabrás realmente contra quién estás peleando. Y luego agrego: y, en un descuido, te vas a dar de golpes tú solo.

 

Evoco este pasaje porque ahora el ambiente postelectoral tiene más de un punto de contacto con aquel consejo que recibí en la secundaria. El paisaje nos muestra, por ejemplo, a una izquierda combatiendo con uñas y pies contra la derecha y a una derecha igualmente desafiante contra la izquierda, pero en realidad no solo ellas se golpean con los ojos vendados sino, lo que es peor, también la sociedad toma partido (dicho esto incluso en sentido figurado) sin realmente distinguir a los contendientes.

 

Desde hace décadas se ha hablado de la izquierda y de la derecha desde planos que, vistos objetivamente, se disuelven en meras abstracciones, a menos que los que vivimos en este país, y los que lo padecemos todos los días, seamos también una mera abstracción.

 

¿Realmente son dos perspectivas ideológicas las que están en pugna o lo son nada más tres grupos de poder (en realidad ahora ya dos) disputándose el control de un país atenazado por la violencia?

 

Los defensores de las tendencias capitalistas o socialistas se desgañitan ante una sociedad que, en su devenir cotidiano, no distingue entre una práctica neoliberal y otra comunista, pero sí, en cambio, sufre por igual a gobiernos tanto de izquierda como de derecha.

 

Sin embargo, el que ha visto las formas de gobernar y de hacer campaña de los candidatos tricolores, albiazules o del sol azteca en administraciones anteriores o recientes y en la misma elección pasada no podrá establecer diferencias a menos que le pongan unos anteojos de culo de botella.

 

De otra forma, las palabras que lo desquiciarán son las mismas de siempre: impunidad, populismo, desigualdad y corrupción.

 

No son apellidos concretos los demonios que nos subyugan (Peña Nieto, Salinas, Azcárraga). Es la especie (la raíz misma del mexicano) lo que hay que transformar. Pensar lo contrario es igual a creer que matando narcotraficantes acabaremos con el narcotráfico.

 

No es posible regodearnos de tener un sistema democrático (ni siquiera unas instituciones modernas, como lo pregona Héctor Aguilar Camín) en un país en donde la mitad de la población no sabe, para decirlo de alguna manera, el significado del término democracia ni la distinción que existe entre ésta y su opuesta: la demagogia.

 

Sabemos que sólo la educación “sin adjetivos” ni “privilegios” es la única forma de construir, primero, una sociedad crítica y, después, un sistema democrático sano y verdadero.

 

Pero, preguntémoslo con honestidad: ¿cuántos lo quieren?

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