Discriminación

Tengo más de 10 años viviendo ya fuera de México y desde hace 7 en Nueva Zelanda. Pero se requiere, incluso, menos tiempo para llegar a ciertas conclusiones con respecto a términos como multiculturalismo, pluralidad, racismo, discriminación, etcétera.

 

Algunos autores, como el propio Giovanni Sartori, los ven contrapuestos. Para el pensador italiano, por ejemplo, el multiculturalismo escinde, segmenta y crea mayor intolerancia entre las comunidades culturales que conviven en un mismo espacio geográfico y jurídico. El pluralismo, en cambio, integra y, con ello, promueve más la comprensión del otro.

 

Decirlo así parece de lo más fácil del mundo, pero sabemos que en la práctica hay siempre abismos insalvables. Mi experiencia no maniquea y está a favor de un multiculturalismo plural o de un pluralismo multicultural que a la vez que preserve la identidad de las comunidades culturales también las integre, tal cual son, en un espacio de enriquecimiento mutuo. Esto es: “sean los otros sin dejar de ser ellos mismos”.

 

Discriminar es, precisamente, lo contrario: al seleccionar, excluye y, al excluir, impide el conocimiento real del otro.

 

No se puede tolerar sin conocer verdaderamente al prójimo, como es imposible conocerlo si no le abrimos la puerta y lo dejamos entrar a casa o, por el contrario, no entramos a su casa cuando nos abra la puerta y nos invite a pasar.

 

Hace dos semanas me sucedió un hecho que me ayudó a corroborar esto que he venido reflexionado desde que soy un mexicano transterrado en las antípodas, y en donde siempre he intentado fundirme con la otra cultura sin darle la espalda a la mía propia.

 

Fue en El Paso, durante un congreso de literatura. Una colega estadounidense escuchó que iría a Ciudad Juárez y me dijo que estaba interesada en ir pero que temía ser asesinada o secuestrada, incluso –así fue de sincera- por mí. Le habían dicho que sería la peor locura del mundo cruzar ese puente. Al final fuimos, estuvimos unas cuantas horas del otro lado, y volvimos sanos y salvos. Mi colega me vio con asombro durante el trayecto de regreso no sólo porque regresó ilesa sino porque se dio cuenta de que había muchos mexicanos “buenos y amables”, aun cuando el bolero que me lustró las botas le dijo que gringos sólo comían sopa Maruchán.

 

Yo sólo asentí con la cabeza pero nunca le dije que en realidad lo que aquí estaba pasando era que precisamente nosotros seguíamos siendo esos “vecinos distantes” de los que hablaba Alan Riding y nunca nos habíamos dado la oportunidad –y sospecho que nunca nos la daremos- de conocernos realmente. De conocernos, debo decirlo, más allá del noticiario matutino.

 

El día que no nos excluyamos sin antes conocernos, entonces sabremos que, en efecto, no sólo hay muchos mexicanos “buenos y amables” sino, lo que es mejor, tendremos la certeza de que son millones los “gringos” que no reducen su dieta a una simple sopa Maruchán.

Este artículo fue publicado en El Financiero.

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