Educación y naufragio

En la más reciente edición de la revista Proceso se publica un artículo de Denise Dresser que nadie debe dejar de leer: México amurallado. Es un artículo sobre la desportillada educación mexicana que tenemos. Es un artículo sobre los culpables del despanzurramiento de nuestro sistema educativo y del porqué de su inutilidad para crear realmente sujetos críticos, competitivos, libres, sin complejos. Dresser lo resume así: “México contra la pared. México atrapado por el muro infranqueable que la educación indefendible erige en torno a millones de mexicanos, víctimas de un sistema educativo que no le permite a México competir y hablar y relacionarse con el mundo. Víctimas de una escuela pública que crea jóvenes apáticos, entrenados para obedecer en vez de actuar. Educados para memorizar en vez de cuestionar. Entrenados para aceptar los problemas en vez de preguntarse cómo resolverlos. Educados para hincarse delante de la autoridad en vez de llamarla a rendir cuentas. Y ante la catástrofe conocida, lo que más sorprende es la complacencia, la resignación, la justificación gubernamental y la tolerancia social. Nuestra constante convivencia con la mediocridad, año tras año, indicador tras indicador, resultado desconsolador tras resultado desconsolador”. Señores: no es un juego. Entiéndanlo: esto es un problema que nos avasalla a todos. No está en Aguascalientes o Nuevo León. O allá más lejos. No pertenece sólo a la primaria o al bachillerato o a la universidad. Es todo el país. Todo el sistema está podrido, tal como la piel de la dirigenta Elba Esther Gordillo, tal como las manos del secretario Alonso Lujambio, tal como la mirada estrábica del rector Miguel Ángel Aguayo. México se está cayendo a pedazos porque la educación mexicana vive con respiración artificial y, por eso mismo, su mayor cáncer es éste: la simulación. Necesitamos más presupuesto, sí, pero antes necesitamos dirigentes sindicales incorruptibles, secretarios de educación con miralejos, rectores sin discapacidades fronterizas. Todos los problemas del México contemporáneo (incluidas violencia y diferencia de clases) tiene su origen en esta renguez educativa. La mochila que llevan a la escuela los niños en muchos países desarrollados pesa dos o tres horas de estudio y tres o cuatro horas de tareas menos al día que la enorme mochila llena de libros y libretas (una para la plana zutana, otra para la plana perengana, otra para el dictado mengano) que llevan los niños de países rezagados como el nuestro. ¿Y por qué viven mejor?, ¿porqué crecen mejor? Porque aquí parece que hemos olvidado que cantidad no es calidad y puntualidad no es competitividad. Vamos a empezar por reconocer que, ante tal escenario, todo reconocimiento a la calidad educativa otorgado por la SEP a cualquier universidad es un embuste, una fantochada, para poder luego entender, también, que no es posible, ni aquí ni en China, chiflar y tragar pinole.

Ecos de la Costa


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