El Estado y la guerra del narcotráfico

Con el asunto de las drogas, siempre he tenido más preguntas que respuestas, pero nunca las he hecho por considerar que es mi propia miopía la culpable de no responderlas.

 

Hoy he pensado que tal vez muchos lectores se encuentran en la misma situación que yo, con las preguntas detrás de los dientes cerrados con dos aldabas, seguros de que las respuestas están en sus narices pero que su ceguera no les permite verlas.

 

Su culpa, otra vez.

 

Pensaba, por ejemplo, simplemente, que en el negocio de las drogas hay varios protagonistas inescapables. Están, por un lado, los que se dedican a su tráfico, los que la producen, etcétera, y están, en el otro extremo (o tal vez menos lejos), los que la consumen. En medio parece estar el Estado  intentando derribarle el puente a quienes la trafican y procurando curar o prevenir de tal mal (¿será?) a quienes la consumen.

 

Como en todo negocio, es un asunto del perro que se intenta morder la cola.

 

Pero hay verdades simples, como les llamaba Antonio Machado, que son irrecusables: si no hay consumidores, no hay droga y, por tanto, no hay necesidad de esa gran empresa que sostiene a miles y millones de obreros invisibles.

 

Pero también a la inversa: si no hay productores, no hay consumidores y, por tanto, el Estado se evita la fatiga de apaciguar lo uno y lo otro.

 

Sin embargo, no se trata nada más del 2 más 2. Es más complejo, y nosotros nos hemos encargado de que así sea. Lo cierto es que hay productores y consumidores, y que el número crece y que el Estado combate a los primeros, pero parecer haber sepultado en el olvido a los segundos.

El Estado (en este caso mexicano) pretende acabar con el tráfico de drogas, para lo cual ha sacado toda su artillería a la calle en una guerra que parece no tener fin porque todo indica que la mitad de la sociedad mexicana no ha encontrando otra oportunidad para vivir -tal vez porque el Estado ha venido fallando en su labor desde la Revolución, o desde la Independencia- que el negocio del tráfico de estupefacientes, tan lucrativo sobre todo en Estados Unidos, su mercado más demandante.

 

Obsesionado en esto, el Estado ha prácticamente olvidado a los consumidores, los medios de prevención, los programas de rehabilitación, y con ello ha olvidado también que mientras los consumidores demanden más droga, los productores y traficantes, como es obvio, buscarán los medios para proveerla.

 

El Estado quiere acabar con los productores y traficantes, sí, pero yo me pregunto: ¿qué opciones prácticas les da de sobrevivencia?, ¿un campo desmantelado?, ¿una industria rota?, ¿una burocracia decadente?, ¿una cárcel sobrepoblada?, ¿el fusilamiento?, ¿más promesas?

 

Y luego, supongamos que se logra llenar el cementerio de productores, traficantes y de gente inocente, como hasta ahora: ¿qué se hará con los adictos que sobrevivan?, ¿encerrarlos en un manicomio?, ¿construir albergues de rehabilitación en Marte? , ¿hay solvencia para ello? Y si la hay: ¿dónde está que nadie la ve?

 

Sospecho que el Estado no sabe cómo responder a tantas preguntas, pues de otra forma nos habríamos evitado 60 mil muertos. O tal vez no le convenga responderlas porque esto le sirve para seguir detentando el poder a toda costa.

 

Sin embargo, debido a esto se está haciendo cada vez más chiquito (me refiero al Estado) ante los ojos de millones de mexicanos y del mundo, y se percibe como tirado a medio mar, sin una balsa para llegar a una isla, perdido y desesperado, e impotente. Y no es para menos: ¿qué hará con todo este naufragio Peña Nieto?

 

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios