El largo camino a la universidad

En la facultad de Derecho tuve varios compañeros de recursos económicos precarios.

Lastimaba ver las tribulaciones por las que pasaban todos los días, con todo y que  ya eran privilegiados pues podían asistir a la universidad. Tengo todavía la imagen  de uno de ellos, a quien encontré un día caminando con su portafolios azul rumbo a la Terminal de los Rojos. Lo había visto varias veces salir de la Facultad y tomar el bulevar Camino Real, pero nunca presentí lo que después otra compañera me corroboraría.

Ese compañero no tenía ni para tomar el camión que lo llevara de la Facultad de Derecho, entonces en el campus central, hasta la Terminal de los Rojos, en el otro extremo de la ciudad. Se iba a pie. De ida y de venida. Todos los días. Y, además, nunca gastaba  -claro, porque no podía- nada durante las horas que teníamos libres entre clase y clase.

Ni tampoco aceptaba nada cuando se le ofrecía una galleta, o una papa. Los compañeros de mejor clase lo despreciaban con su indiferencia y sólo algunos –yo, en algún momento- llegamos a tener una deferencia con él: un día lo llevé en mi viejo Volkswagen rojo a la terminal de autobuses. Con todo, ese compañero terminó la carrera y creo que, por una determinación de hierro y una preparación a prueba de balas, logró conseguir un trabajo en un juzgado. Después me enteraría que había quedado huérfano de niño y, por ese motivo y otros aún peor que tuvo que padecer, intentó colgarse dos veces, así que aquel mérito que yo le daba adquirió una dimensión inmensurable.

Casos como el anterior hay muchos en nuestra alma máter. Que abandonen tres estudiantes de diez las aulas por motivos económicos, como hace poco lo anunció el rector Eduardo Hernández, no es algo que deba de preocuparnos, sino indignarnos, sobre todo ahora que se ha puesto en marcha la reforma educativa, única vía que puede sacar al país de la pobreza. Incluida la humana.

 

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios