El nuevo mexicano según Heriberto Yépez

Heriberto Yépez (Tijuana, 1974) es una de las inteligencias más agudas del México actual, además de una de las sensibilidades más impermeables a la complacencia. Es autor de más de veinte libros, entre ensayo, novela, traducción, pero esencialmente es un poeta, aun cuando haya publicado apenas un par de libros en este género. Pero es un poeta por el uso que hace de la libertad: la libertad para pensar una realidad (la actual, la nuestra) que se nos impone un yugo. Hay que abrirla en canal, parece decirnos Yépez, para evitar que nos devore.

En 2010 Heriberto Yépez publicó, en editorial Planeta, La increíble hazaña de ser mexicano, un prolijo análisis no sobre lo que es el mexicano (como lo hicieran Octavio Paz, Samuel Ramos, Roger Bartra, etcétera) sino, mejor aún, sobre lo que debe dejar de ser.

De acuerdo con Yépez, los que creen en el mexicano actual (esa “forma de ser que  no funciona”) son retromexicanos. El mexicano es una figura del pasado, una fusión que no funcionó pues fue moldeada con los sedimentos más negativos de las dos principales culturas que la integraron: la indígena y la española. Hoy permeadas por otra más: la norteamericana.

Como ya somos otros, “el nuevo mexicano sería aquel que atraviesa la identidad indígena, la identidad española y hoy la norteamericana para construir una existencia en la que ya ha quedado superada la idea de que vivir tenga que ser repetir el pasado”.

Nuestro peor enemigo, pues,  no es USA, nos dice Yépez, en quien el mexicano vuelve a su condición de vasallo: sino él mismo. Su miedo a cambiar. Y ese miedo, como lo decía Amiel de sí mismo, es nuestro pecado. ¿Y cuál es la causa del miedo?, se preguntaba Amiel. La desconfianza. ¿Y cuál es el origen de esa desconfianza?, volvía a preguntarse. El sentimiento de inferioridad.

Así como la peor arma que traían los conquistadores españoles contra los indígenas era la mentira, la peor arma que tiene el mexicano la carga sobre su espalda: esa costumbre de no poder dejar de ser el mismo. Para Yépez el chicano es la imagen del retromexicano en USA, alguien que se ha atrincherado en sus aspectos raciales más negativos para resistir el cambio, y en ese ser y no ser, no se transforma, convirtiéndose así en un puro espantajo de contradicciones.

Vivir oprimido y oprimiendo parecería un hábito acendrado de una sociedad que no aprendió otra forma de organización social, otra manera de construirse, desde la conquista (primero española, luego inglesa y francesa,  y después norteamericana) hasta nuestros días.

El verdadero cambio no es, de acuerdo con Yépez,  cutáneo. Es, por el contrario, una transformación profunda de valores en todos los ámbitos sociales. Este cambio de valores del que habla Yépez recuerda el último capítulo de la Política de Aristóteles, dedicado a la educación de los jóvenes. La educación como la única forma real de evolución humana. Una educación que, de acuerdo a Aristóteles, debe empezar en la más tierna infancia, impactar primero en los hábitos y luego en la razón, la única que puede, como a su vez lo confirmó Cicerón en la República, enmendar los errores de la naturaleza.

En México, de más está decirlo, la educación es errática pues su función no es liberadora. Controla y reprime en lugar de generar nuevos valores. De modo que “si el adolescente que se rebela no encuentra en su identidad cultural juvenil valores verdaderamente de mayor apertura y libertad, sino autoritarismo y co-control, su rebelión fracasará y en pocos años enarbolará (se dé cuenta o no) lo que tanto había criticado: la represión”.

Tal vez por esta convicción Yépez tuvo en su momento tanta fe en el movimiento Yo-Soy-132, que surgió al calor de las pasadas elecciones presidenciales y que trajo de regreso al PRI, que, para Yépez, es “la suma de todas nuestras técnicas de sobrevivencia; las mismas técnicas para no desarrollarnos”.

Yépez vio en el movimiento Yo-Soy-132 los inicios del nuevo mexicano que ha descrito en La increíble hazaña de ser mexicano, pero pronto sucedió lo inesperado (o lo consabido): esa impronta se disolvió. La nostalgia del retromexicano triunfó de nuevo. Y el neomexicano volvió, desafortunadamente, con la cola entre las patas, a la banca.

Esta vez: ¿para siempre?

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