El origen de la violencia II


Los últimos hechos de violencia en Colima han despertado una variedad de opiniones, según el color de los anteojos con que se le ha mirado. Un hecho es contundente: ha habido violencia. Ahí están los muertos, sí, y los muchos disparos. De eso no creo que le quepa duda a nadie. A mí lo que me parece ya un poco descabellado es que articulistas inteligentes, sesudos, que saben analizar con una precisión de relojeros y cazar con una argucia de leopardos lo que se les ponga enfrente, traten de decir que esta violencia que sufre Colima es por culpa del gobernador Mario Anguiano, incapaz de salir a la calle con una pistola para matar a los sicarios. O mejor, que también es lo que tratan de decirnos: que si hubiera sido gobernador alguno de los porrocandidatos que anhelaban la gubernatura (y que después de perdidas las elecciones desaparecieron como por arte del birlibirloque) esta violencia no existiría. Esto de la violencia que sufre hoy Colima es como el cáncer, simplemente: viene creciendo desde que –para no ir muy lejos, aunque se podría- el sueño de la centenaria Revolución Mexicana , que resumía en letras grandes la leyenda Igualdad para Todos, se rompió en mil pedazos. Decir que la violencia de hoy nació ayer es como decir que el tumor cancerígeno que hoy tenemos ayer no existía. ¿De dónde, pues? Hasta una lógica comprada en el Todo a Peso sería infalibe en su análisis. Además: ¿no se ve cómo está todo el país? ¿no se ve cómo está el sistema político del país? ¿no se ve el fracaso del gobierno panista, que se une al fracaso del PRI más retrógrada (al que pertenece el Otro PRI, por cierto) y a la apoplejía de un PRD desmantelado hasta ideológicamente? ¿no se ve cómo nos ven desde el exterior ni tampoco se entienden las intenciones de nuestro vecino del Norte? ¿no se ven las necesidades de los que menos tienen de, aunque sea con el tráfico de dogras, tener algo? ¿no se ven las ambiciones de los que más tienen de, aunque sea en conciliábulo con los narcotraficantes, tener todavía más y más? Yo no soy muy optimista en esto de que el cáncer que padece mi país –Colima incluida- se pueda curar de un día para otro, porque sabemos que el cáncer que se enraiza en todo el cuerpo no es fácil de echar fuera, eso hasta una lógica comprada en un Todo a Peso lo sabe. Creo, sí, que el sistema –los gobiernos, las instituciones, las personas- deben cambiar las malas intenciones por buenas, los falsos discursos por verdaderos, la promesas por los hechos, la tiranía por la pluralidad, incluso el pesimismo por los sueños. Eso es: hay que soñar, porque, de otra forma, la sangre que derrama la guerra por la sobrevivencia podría alcanzarnos, en un descuido, a todos.

Ecos de la Costa

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