Gustavo Vázquez Montes, este adiós definitivo

Sé que esto le va a caer muy mal a muchos, pero igualmente lo voy a decir porque también sé que muchos, de dientes para dentro, me darán la razón. No entiendo esa manía que tenemos los mexicanos de levantar héroes de ceniza un día sí y otro no. Mientras la persona –que es o ha sido figura pública de mediana o alta envergadura- está viva, abundan los tomatazos, los cuchicheos y las maldiciones. Pero una vez que muere, todo –por obra de sabe Dios qué santo- se transforma en monumentos, homenajes o, en el peor de los casos, elogios y alabanzas. Yo no digo que hay que ser irrespetuosos con la muerte, el muerto y los deudos del muerto. No. Pero sí que no lo seamos con la congruencia, los terceros afectados de algún modo por estos personajes públicos –recordemos que no todos somos moneditas de oro- y, por qué no, tampoco seamos irrespetuosos con la vida, que me sigue pareciendo el acontecimiento idóneo –el vivir, el estar vivo- para recibir, si el caso lo amerita, estos monumentos, estos homenajes o, en el peor de los casos, estos elogios y alabanzas. Digo esto, en efecto, refiriéndome a lo que he visto recientemente con el homenaje a Gustavo Vázquez Montes por sus cinco o seis o los que sean años de muerto. He revisado su paso por la función pública, que es donde se desempeñó, y no he visto absolutamente nada heroico, ni siquiera el hecho de haber muerto en un avionazo. Es más: no pudo ni gobernar, porque además –dicen- era gobernado por tarántulas. Así que esos cánticos y monumentos y demás me parecen un irrespeto si uno baja la mirada y ve a conserjes de primarias que tienen cuarenta años de servicio o a esos profesores –como lo era el profesor- que todavía se debaten en las aula y que son queridos hondamente por los alumnos –algunos los recordamos con gran cariño y agradecimiento- pero que, sin embargo, se mueren un día sin que nadie lo sepa, ni un listón de honor en sus sepulturas merecen ni una flor marchita. Yo a más de uno le he levantado grandes monumentos en mi corazón. Por cierto, ayer o antier murió el ex procurador Sam López, a cuya persona deseo un eterno descanso. Del servidor público que fue no tengo que decir mucho porque ya lo retraté de cuerpo entero en mi novela Conducir un tráiler y luego en 41, y no me retractaría nunca de ello. Lo que me preocupa ahora es la lluvia de halagos que empiezan a caer sobre su linda labor al frente de la Procuraduría General de Justicia.

Ecos de la Costa

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