Heridas de Roma

Salvo contadas excepciones, la población que más sufre en un país es la conformada por los inmigrantes, sean legales o –peor aún- ilegales.
Las políticas migratorias varían, obviamente, de un país a otro. En Nueva Zelanda, por ejemplo, las encuentra uno más a la altura de la dignidad humana que en vecinos países, donde incluso la discriminación se convierte en otro lastre más.
Hace poco estuve en Roma, una ciudad que, en virtud de su monumentalidad arquitectónica, bien podría disuadirnos de aspectos como el migratorio. No se trata de ver el problema de forma generalizada porque, entonces, terminamos no viendo nada. Convertimos a las personas en números y, a los números, en fantasmas. Lo que normalmente olvidamos es que gracias a los inmigrantes se han levantado muchos imperios, de ahora y de siempre.
Aquel día en Roma me encontraba sentado en el Mercado de las Flores, en una cafetería contigua a una colorida callejuela. Las vendimias me quedaban de frente. Había desde el propietario de local bien establecido, como el restorán en el que bebía mi café, hasta el que vendía blusas y cinturones sobre una manta en el suelo, una manta que tenía cuatro soguillas sujetadas a los extremos y que, lo sabría después, servían para levantar más fácilmente el tendido y salir huyendo.
El propietario de estos tendidos era generalmente un negro. Entre los tratantes se distinguían algunos locales y muchos turistas extranjeros de diversa procedencia, entre ellos yo. Bien habría podido dedicarme a ver absortamente los puestos que ofrecían una gran variedad de pastas, aderezos y especias, tal como hacían los turistas, pero la desfortuna (o la fortuna, según se le vea) me hizo detener la vista en un negro que vendía bolsas de colores. Un negro delgado, de brazos nervudos y cabeza grande. Poseía una mirada ciertamente triste, como tocando a los seres y los objetos siempre desde abajo.
Apenas se acercaba un posible comprador, el hombre cogía un bolso y se lo extendía. Lo seguía uno, dos, tres metros intentando convencerlo y, obviamente, rebajando al mínimo el precio del producto. Así una y otra vez, sin haber logrado vender una sola bolsa desde que comencé a observarlo.
De súbito, la tranquilidad de esa fresca mañana fue interrumpida por una redada de policías. El negro de las bolsas, al que observaba fijamente, tiró de las cuatro soguillas de la manta, la transformó en un costalillo y, con los ojos desorbitados, saltó corriendo, intentando escabullirse entre los tendajos y los turistas extranjeros, que lo veían atónitos.
Unos metros adelante dio un traspié en una reja de flores y se fue de bruces. Un policía le torció los brazos por la espalda y lo esposó. Los policías desaparecieron llevándose al incauto y todo volvió a la normalidad, como ya es costumbre.
Unos segundos después, incluso, parecía que no hubiera pasado nada.
Yo, sin embargo, me quedé todavía pensando en el negro de los bolsos de colores, llevado a rastras a la cárcel con las muñecas sangradas por la espalda. Pero, sobre todo, me quedé pensando en su hijo. En el hijo que lo estaría esperando en casa, enfermo.  El hijo del negro de la bolsa de colores preguntando por el destino de su papá, que tal vez ese día tendría por fin las monedas justas para llevarlo con un médico, o a una sala de urgencias, al menos, sin saber ninguna verdad pero sospechándola.
Pensé en la infancia de ese niño viviendo a salto de mata, con la incertidumbre de su padre siempre a cuestas, lleno de carencias de costilla a costilla, y de indefensos resentimientos todavía, y también pensé en su madre –si acaso la tuviere- inventándole la historia del padre que tuvo que seguir trabajando hasta altas horas de la madrugada y no la otra, la otra historia que mejor sería no imaginar.
Es cierto que después de todo esto ya no pude terminarme el café que bebía, ni siquiera tuve ganas de ir esa tarde a tomarle fotos al Coliseo. Más bien me levanté y crucé hacia el otro extremo del mercadillo, que ya para entonces no me parecía tan colorido.
Lo atravesé con la sensación de que los ojos del niño hijo del negro que vendía bolsas de colores sobre una manta sucia tendida en el suelo del Mercado de las Flores, allá en Roma, me miraban tristemente por la espalda.

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