Huicholes, retrato con dos mujeres

Vivo en tierra huichol desde hace algún tiempo. Aunque no convivo con ellos, estoy cerca, invariablemente, de sus historias y usanzas. No me son ajenos. Es la primera vez que siento que son ellos los que me miran como a un extranjero.

La piel de los huicholes es de polvo apelmazado por el agua de lluvia. Es una piel que canta desolación y olvido.

 

En la plaza observo cómo se congregan. Han venido de la sierra, “de allá arriba”, para trabajar en el ensarte de tabaco o en la cosecha de frijol. Son los únicos que ahora lo hacen. La gente del pueblo ya no quiere trabajar tantas horas bajo el sol del mediodía, debajo de un toldo de plástico, por unas cuantas monedas.

Los huicholes sí.

Y luego los veo caminar como si fueran de otro mundo, entrada la tarde y casi al anochecer, por la plaza, arrastrando a uno, o dos, o tres niños de un brazo.

 

Me sorprendió ver que a algunas familias las conformaban el jefe de familia, dos mujeres y los hijos. Fue la encargada del estudio fotográfico la que me confirmó que la bigamia entre los huicholes es una práctica común. Y que, de hecho, es un orgullo para las mujeres bordarle el traje kora al jefe de familia. “Compiten para ver quién lo hace mejor.

No menos ayer, me informó la encargada, vino un huichol con sus dos mujeres y sus tres hijos a tomarse una foto para el álbum familiar. Mire, dijo y me mostró una imagen donde efectivamente aparecía un hombre vistiendo un traje huichol bordado impecablemente.

Esta bigamia me la confirmaría un cultivador de tabaco, quien me dijo que, en efecto, muchos huicholes que venían a trabajar con él lo hacían con sus dos mujeres.

Inmediatamente recordé un texto que leí hace no mucho con respecto a la poligamia de los indígenas, sobre todo la practicada por los grandes jerarcas, y a la imposición que se vería obligada la iglesia para evitarla. Leyes rígidas donde se les advertía que sólo la primera mujer sería reconocida como tal.

A esta distancia, a cualquiera le parecería un despropósito pensar que la bigamia o poligamia es buena y la monogamia, mala, pero para quienes han vivido bajo el poder de una costumbre ancestral esto es moneda corriente.

 

Si diéramos un giro radical de perspectiva y tuviéramos, con ello, una vista contraria, la idea de la “cultura machista” que nos caracteriza, y que podría extender sus raíces hasta, como puede constatarse, la época prehispánica, no tendría matices tan negativos.

 

Pero no se me malinterprete: no estoy promoviendo ni la bigamia ni la poligamia, ni siquiera la monogamia.

 

Esto, sí, apelando por no darle la espalda a nuestro pasado, esto es, a nuestros indígenas, quienes aún tienen muchas respuestas que darle –lo queramos o no- a este presente que cada día con más celeridad se nos convierte en porvenir.

 

Este artículo fue publicado en el periódico El Financiero.

 

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