Juan Gelman: el último exilio

La última comunicación que tuve con el poeta argentino Juan Gelman, fallecido hace un par de días en su departamento de la Ciudad de México, fue el 11 de julio de 2013.
Estaba preparando un ensayo que me pidieron para una revista estadounidense y, durante su redacción, me surgieron algunas dudas. Como mi comunicación con Gelman era intermitente, no dudé en escribirle un correo electrónico, instado además por otro poeta entrañable y amigo: Marco Antonio Campos. Recuerdo claramente que mientras lo escribía iba enfatizando mentalmente la fortuna de poderle escribir directamente al poeta para despejar las dudas de su lector, y lo que habría dado por haber hecho lo mismo con un poeta como César Vallejo, a quien admiró igualmente y a quien Gelman le debe tanto también. En el caso de Vallejo eso ya no era posible, sí, en cambio, en el de Gelman, de quien recibí a las horas (por la diferencia horaria entre Nueva Zelanda -donde radico- y México) su acostumbrada generosa respuesta.
En ese mensaje Gelman aprovechó para hablarme de sus paseos nocturnos por Manhattan, sus idas y venidas a museos y teatros, además de darse el tiempo para quejarse de cierta crítica que ha errado en sus comentarios sobre su poesía, que consideraba disparatados, sobre todo aquellos que afirmaron la indudable influencia de la Spoon River Anthology, de Edgar Lee Master, sobre Los poemas de Sidney West, uno de sus libros más emblemáticos. Después de este mensaje intercambiamos un par de correos más, en los cuales Gelman se detuvo a referir aquel poema del cocodrilo blanco que mi hijo -de algunos seis años- le había dedicado luego de una lectura que Gelman hizo en Colima, como parte de un ciclo de escritores que organicé hace poco más de una década ya.
La comunicación, entonces, volvió a interrumpirse. Como siempre, Gelman dejó en mí la sensación de seguir frente a un poeta que, pese a los reconocimientos (el mismísimo Cervantes, otorgado en 2007), no había perdido la humildad ni el sentido humano, uno de los aspectos que más se pueden apreciar en su poesía, además del compromiso político y social que, por desfortuna, lo llevó a padecer la tragedia de su hijo Marcelo, asesinado durante la dictadura argentina, junto a su nuera María Claudia y, lo supimos casi veinticinco años después, su nieta Macarena, nacida en cautiverio. Ha sido esta labor del poeta comprometido, esta coherencia ética y estética, la que más ha ejercido influencia en mi propia obra y función como escritor, y esa dignidad y honestidad hacia la verdad y la justicia debería ser un ejemplo para todos los que, en mayor o menor medida, tomamos parte en los debates públicos.

Gelman, por este motivo, padeció muchos exilios -Roma, París, Madrid, Nueva York, México-, pero ninguno seguramente se lo reprocharía en virtud de que tuvieron un objetivo plausible: la defensa de la libertad y la justicia, incluida la que ejerció en su obra poética, en la que se ponen en juego todas las potencialidades del lenguaje sin descuidar nunca su función comunicativa y social, visible incluso en Los poemas de Sidney West, que gran mayoría de los especialistas niega, cuando no es así, como lo demuestro en el ensayo que me pidió la mencionada revista estadounidense y a la que hoy mismo escribiré para pedirle que corrijan algunos datos porque el poeta Juan Gelman acaba de partir a su último exilio, mojado por la muerte y ahora sí, ya, bajo la lluvia ajena, para siempre. Todo esto, obviamente, es un decir.

Porque ya sabemos que los verdaderos poetas nunca mueren.

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