La clase literaria

Una sociedad clasista como la mexicana (edificada a partir de ásperos binomios: civilizado-bárbaro, superior-inferior, dominador-dominado, centro-margen) permea todo ámbito humano. No se salva el literario. Difícil saber en qué momento emerge tal clase, pero fácil determinar que evoluciona igual que la política, la empresarial y –de suma importancia en este aspecto- la editorial. Para verlo mejor baste un ejemplo tomado de nuestra educación escolar. En México hay escritores, digamos, de escuela pública y escritores de escuela privada. Y luego los hay de escuela pública de mala reputación y de escuela pública de excelencia, aunque nunca reconocida por la escuela privada. Porque también en la escuela privada hay categorías y de esto depende la formación de los status, que siempre marcan una diferencia. Esto es: una distancia. Con la clase literaria mexicana sucede, en general, lo mismo: grupos de escritores no identificados por las temáticas que escriben, o los géneros que abrevan, ni siquiera por los estilos que practican, (¡qué más da!), sino por aspectos más vulgares, algunos de los cuales el propio Bourdieu aplicó a la Francia de los 70s: la forma de vestir,  el modo de hablar, el estilo de vida y el uso esnob (pero nada más) del pasado indígena. Entre más alejado del falsete indígena (lo inferior, lo bárbaro, lo marginal) y sus derivados (lo naco, lo ñero, lo cholo): mejor. Así legitiman su superioridad y, por tanto, su dominación. Gracias a este blanqueamiento, como lo veía Weber, su superioridad influye en la tradición, modificándola a su antojo, pues la sienten de su propiedad. Por eso resulta que los escritores con más recursos económicos, un apellido extranjero, rasgos europeos y una formación en escuela privada (como Daniel Krauze, hijo del célebre Enrique Krauze, que estudió en la Universidad Iberoamericana y luego dramatic writing en New York) conforman guetos de difícil acceso. Pero ojo: también, como suele suceder en la escuela privada, no todos los estudiantes tienen sangre azul, hay algunos que se han colado ahí de una forma embustera, pero que, a fuerza de blanquearse como sus modelos (un Tryno Maldonado, por ejemplo),  dan el gatazo.  Entonces son “aceptados” y, en un descuido, hasta confundidos con los otros. En cambio, los escritores de escuela pública, aunque tengan una libreta llena de historias prodigiosas y un uniforme siempre pulcro, difícilmente serán bien recibidos por los de escuela privada, así carguen estos sobre sus hombros una cabeza de chorlito. Los canceles de las escuelas privadas son difíciles de traspasar, tan difíciles como lo son las barreras lingüísticas o editoriales, sobre todo cuando hablamos de clases. En la clase literaria mexicana, como en la política o la empresarial, o como en todas, siempre ha existido una mojonera que divide a los escritores de escuela privada (la clase literaria civilizada, dominante, de élite), por un lado, y a los escritores de escuela pública (la clase literaria salvaje, el puro “ganado humano”), por otro. La primera unida a sus pares en los dominios políticos, económicos y, sobre todo, editorial (como en el caso emblemático de la revista Letras libres, unida a Peña Nieto, a Televisa y recientemente al Conaculta) y la segunda atenazada, indefectiblemente, a su propia realidad, como en el caso de la llamada narcocultura, que en México -y el sexenio pasado nos lo desveló- sostiene a los señoritos de la escuela privada, a los papás de los señoritos de la escuela privada y a la escuela privada misma. Ha sido este poder adquirido en la última década por la clase literaria de los “animales domésticos” lo que ha generado encono en la clase literaria civilizada, que se siente desplazada de su dominio y que, a fin de poner en su sitio a su “subalterna”,  desprecia sus valores estéticos tal como los artistas españoles despreciaron el arte de los indígenas reduciéndolo a simple artesanía, para diferenciarlo, obviamente, del verdadero: su propio arte. Pero aquellos tiempos ya ha mucho que pasaron y, aunque no lo parezca, hay ahora más De las Casas que De Sepúlvedas, de forma que la “guerra justa” que de un tiempo a esta parte se ha implementado desde la cúpula de la República de las Letras se topará esta vez, para decirlo utilizando un cultismo, con pared.

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1 comentario en “La clase literaria”

Interesante artículo. Pienso que, independientemente de la clase social a la que pertenezca un escritor, lo que hará que alguien lea su obra (cuento, novela o poema) es que tenga la calidad suficiente para detenerse en ella y obviamente disfrutarla. He leído obras de Daniel Krauze (Fiebre, Fallas de Origen) y las encuentro excelentes, entretenidas, reveladoras. De usted he leído “La Vida en el Espejor Retrovisor” y es un libro que dan ganas de volverlo a leer, de conservarlo cerca. Estoy por empezar a leer su novela “El Crimen de los Tepames”, estoy seguro que lo disfrutaré mucho.
Pienso que si ciertos escritores, debido a su posición social, forman un grupo de élite e impiden consciente o inconscientemente que alguien más entre, creo están en su derecho. Pero eso no es lo que importa. Lo que importa es si un escritor, pobre o rico, moreno o blanco, tienen algo digno que aportar (literariamente hablando) desde su personal trinchera. Si dicho escritor (rico y blanco) no es ampuloso en su estilo, no escribe sólo para sí y su gremio, si escribe con el corazón, seguro alguien lo leerá. Incluso alguien moreno y pobre como yo.
Un saludo y mis mejores deseos. Seguiré leyendo sus artículos con interés.

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