La CNTE y el fascismo

Nadie duda que la educación en México necesita una reforma profunda. Tampoco se duda que la intención, en este sentido, del gobierno de Peña Nieto –enfocado en llevar a cabo varias reformas estructurales: la energética y la fiscal, entre las principales- sea, en términos generales, positiva y necesaria. Más que necesaria: urgente.

 

El problema es que el conflicto que esto ha suscitado, principalmente en las protestas llevadas a cabo por la CNTE, ha sido usado por parte de los medios de comunicación (normalmente “afiliados” al gobierno federal) para satanizar al magisterio como si fuera éste, en realidad, el malo de la película.

 

Se les ha incriminado de todo: desde que son una bola de ignorantes hasta que son una “excrecencia putrefacta” de nuestra cultura sindical, como, muy lamentablemente, los definió el antropólgo Roger Bartra.

 

Los casi nueve años que llevo viviendo en Nueva Zelanda, país con uno de los mejores sistemas educativos del mundo, y lo puedo comprobar porque tengo hijos pequeños en escuela primaria, me dan la convicción para afirmar que la lucha de los maestros de la CNTE es legítima y, tal vez sin ellos saberlo conscientemente, justa.

 

No creo que ningún maestro en su sano juicio vea mal el ser evaluado, sino las condiciones en las que este sistema de evaluación se da, sobre todo si se piensa que los que evalúan y los que ponen las normas que regirán esta evaluación (diputados, senadores, funcionarios de educación, el propio presidente de la república, capitán de esta reforma) no saben ni siquiera que Monterrey no es un estado.

 

Por otro lado: la evaluación no es el único aspecto que debe abordar la reforma educativa. Hay otros, no menos cruciales: la infraestructura, el presupuesto, las condiciones económicas de la población a educar, los propios salarios de los profesores, las horas de sus jornadas de trabajo, las oportunidades que tendrán para capacitarse, los apoyos que recibirán para que la enseñanza y el aprendizaje se den óptimamente.

 

La reforma educativa no debe ser un acicate para el magisterio. No se trata sólo de quitarle al sindicato su poder de control para pasárselo al Estado. Se busca hacer una reforma educativa que ponga, sí, su enfoque en los profesores, pero también en las condiciones en las que estos desempeñan su labor.

 

Por eso, el fascismo mostrado por algunos periodistas e intelectuales (como Ricardo Alemán, como Roger Bartra) sobre la posición de los maestros de la CNTE es mucho más indignante que la intolerancia que se les critica. El mencionado Ricardo Alemán llegó a decir que Peña Nieto, por el simple hecho de haber ganado la elección presidencial, estaba democráticamente facultado para imponer esta reforma educativa y pasar por encima de los maestros, lo antes posible.

 

Habría que recordarle lo que consigna Santo Tomás de Aquino en su Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes, cuando habla del rey de los calcedonios: que aunque trataba con algunos hombres honrados y virtuosos todo cuanto había de hacerse en la ciudad, ocasionalmente preguntaba su opinión al pueblo algunas cosas que pensaba hacer (sobre todo cuando eran de importancia), el pueblo podía libremente consentir o no, de modo que si el pueblo no aceptaba la proposición no se llevaba a cabo, y en ese caso la política se convertía en democrática, porque esto se hacía en favor del pueblo común.

 

Hace unos días López Obrador pidió una consulta nacional sobre el tema energético. Lo juzgaron loco. Yo no creo que lo esté tanto. Incluso creo que esta consulta debería incluir a la reforma educativa y a la fiscal, tal como lo hacía el rey de los calcedonios.

 

Pero hay que informar con detalle a la sociedad de qué se trata, porque echar a las calles un batallón de policías sólo refleja una sola cosa: miedo a la verdad.

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