La muerte de Alitzel

No escribí nada sobre la muerte de Alitzel Aguilar (18 años), cuando recién se tuvo la noticia, porque uno en estos casos debe ser cauto. Esto lo aprendí durante los cinco años que trabajé en el Ministerio Público. En cambio vi, sí, que muchos actores políticos, opinólogos y hasta organizaciones feministas se lanzaron a la calle con consignas, la mayoría poniendo en duda el sistema de seguridad del Gobierno del estado. El llanto y la rabia de los padres de Alitzel son irrebatiblemente justificados, pero los lloriqueos, desconsuelos y la actitud convenenciera de algunos actores políticos (como Rafael Mendoza o ciertas integrantes de Morena) es reprochable porque tiene como principio el desconocimiento. La presidenta de Cuauhtémoc, Indira Vizcaíno, fue casi colgada en la plaza por haber supuestamente minimizado el crimen de la joven, sólo por haber dicho que ésta se había ido con personas conocidas y era difícil que la Policía estuviera al tanto hasta de esas acciones. Hace unos días el Gobierno del estado, a través de su órgano de justicia, informó sobre la resolución del caso: un tío de la joven (Hugo Ricardo, de 21 años) y un primo de éste (Christian Rafael, de 20) resultaron los victimarios. La Procuraduría, por respeto a los padres, no quiso ofrecer el móvil de fondo, pero no era necesario porque los datos ofrecidos aquí y allá entrevén que entre los jóvenes familiares (tío y sobrina) existía una relación sentimental que, lamentablemente, por falta de buen consejo, terminó de pésima manera. El estado, no hay que olvidarlo, no puede hacer la función de los padres, y si no es en el núcleo familiar donde se gestan los valores, no nos vendrán de ningún otro lado. La joven, eso sí, de haber tenido más información no se habría encontrado en la situación que la llevó a la muerte. El joven que la mató, por el contrario, de haberse dado cuenta antes de que la relación que tenía con su sobrina era una situación que ha sucedido siempre y seguirá sucediendo toda la vida, no habría encontrado razón para planear la tragedia. Hay, pues, que educar a los padres pero, sobre todo, replantear la labor de las organizaciones feministas del estado para que reaccionen como debe ser, pues es mejor organizarse para ir a las escuelas a hablar con las jóvenes sobre las medidas preventivas que deben tomar en situaciones como ésta que derrochar el tiempo convocando a marchas o protestas. El Gobierno del estado, por lo demás, ha hecho bien en iniciar el programa Alerta Amber, mismo que debería ser ya una parte integral y permanente del sistema de seguridad nacional.

 

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