La UdeC, en bancarrota II

Habría que volver a empezar desde el principio, pero ya no es posible. El pasado, dicen, no puede cambiarlo ni Dios. Así que mejor reiteremos: la UdeC, con el rectorado de Aguayo López, uno de los más grises de nuestra historia universitaria, está en bancarrota. Y ahora no sólo lo digo yo, ni los que ya han escrito al respecto, sino que además así lo demuestra un reportaje aparecido en el último número de la revista Proceso y firmado por el periodista Pedro Zamora. El título es por demás significativo: “Diagnóstico: deficiencias en todo”. Sí, se refiere a nuestra alma máter: “deficiencias en todo”. ¿Alguien vendrá a decir que este reportaje también es producto del resentimiento de un periodista ingrato? No me voy a detener a glosar cada uno de los puntos que se documentan porque ahí están a la vista del que compre la revista, pero para aquellos que, por una u otra razón, no puedan tener acceso, aquí les dejo una síntesis. La investigación ha arrojado los siguientes resultados: 1) Baja productividad e impacto de las publicaciones científicas producidas por los profesores investigadores si se les compara con los estándares mundiales, 2) Nombramientos de profesores de tiempo completo sin criterios propios de selección, lo que fomenta la “mala calidad” de las producciones científicas, 3) La capacidad académica del 40% de los profesores es deficiente, cuentan con una limitada habilidad para idiomas extranjeros e incluso problemas para escribir en su propia lengua, 4) Hay un deficiente desarrollo y promoción de estudios de posgrado, 5) Existe una excesiva burocracia académica, 6) Alto porcentaje de directivos de escuelas y facultades sin estudios de posgrado, 7) Se otorga más importancia al cumplimiento de horarios que a la entrega de resultados, 8) Se tolera la ineficiencia y el desapego al trabajo, 9) Falta de técnicos especializados para dar manutención a la infraestructura relacionada con el desarrollo científico, 10) Insuficiencia en bibliotecas, acceso a la información, disponibilidad de software y bibliografía, 11) Poca conexión de proyectos realmente de impacto social. Etcétera. Y mientras estos problemas crecen y se multiplican de espaldas a la indiferencia e incapacidad del rector Aguayo López y su equipo de colaboradores, el Puerto Seco y la plantación de arbolitos y el Sorteo Loro siguen siendo las grandes banderas del naufragio universitario. ¿Y quieren más presupuesto? A la incapacidad no hay presupuesto que le alcance. Insisto: necesitamos ya, urgentemente, una nueva ley orgánica universitaria que nos garantice que el próximo rector será un verdadero académico, con doctorado, con publicaciones científicas en revistas arbitradas, con trayectoria administrativa y reconocimiento como profesor de asignatura, pero además que sepamos que sabe pensar, escribir, debatir, y que además tiene conocimiento de la realidad educativa nacional. Una nueva ley orgánica que nos permita valorar los mejores perfiles para luego elegir, a través de una elección realmente democrática, al mejor, ese que pueda hacer con lo poco, mucho, y que pueda asegurarnos transparencia, congruencia, honestidad e, incluso, valor. Una última nota: si el rector Aguayo López reconociera de súbito el daño que en estos casi cinco años de gestión le ha ocasionado a nuestra alma máter (y no sólo por lo que ha hecho sino, sobre todo, por todo lo que ha sido incapaz de hacer), entonces se daría cuenta de que lo mejor que podría hacer es renunciar al cargo e irse a su restaurante a hacer carnitas.
Ecos de la Costa

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