Lenguaje y actitudes sexistas

Una charla familiar de sobremesa nos hizo reflexionar el otro día sobre toda esta nueva avanzada relacionada con el lenguaje incluyente y el lenguaje excluyente, la diversidad y la tolerancia que han tenido como bastión de su inclusión el sector lésbico, homosexual, transexual, feminista, etcétera, que ha sido ciertamente discriminado por otros sectores de la sociedad, en especial el heterosexual, todo esto en un país con una larga tradición religiosa (donde nunca hizo real mella el protestantismo, por cierto), una puritana moral familiar (de cuño catolicista, por lo demás) y, por si fuera poco, dentro de un sistema político, social y cultural donde impera la corrupción, la impunidad, la injusticia, la inequidad y la ley del más fuerte, en suma un país sin democracia y en donde las instituciones (de cualquier tipo) carecen incluso de credibilidad.
El nuestro, pues, es un país que dista mucho de parecerse a otros de mayor civilidad y de mucha mayor avanzada social, política y cultural, incluyendo el tema toral de todo esto: el de los derechos humanos. Son malas las comparaciones, pero son necesarias cuando se trata de no perder la objetividad y de ubicarnos en la posición que estamos. No quiero ser aguafiestas, pero en ocasiones creo que en esto de las luchas por la inclusión de estos diversos sectores de la sociedad tenemos que tomar como principio aquella máxima que dice que no debemos volar sin antes haber caminado, o corrido.
Me explico: los sectores sociales lésbicos, homosexuales, etcétera etcétera, piden hacia ellos tolerancia en lenguaje y actitud, respeto a su identidad sexual, inclusión y demás, pero, en muchos casos, no ofrecen ni lo uno ni lo otro, son intolerantes en lenguaje y actitud, irrespetuosos con los que son diferentes a ellos (digamos los heterosexuales) y, en más de un sentido, excluyentes. Esos que se escandalizan cuando escuchan un comentario que les parece machista o sexista o lo que sea luego no saben que también son ofensivos e intolerantes al ejercer su libertad.
A mí, por ejemplo, me incomoda que un homosexual amigo llegue con su pareja igualmente homosexual y al presentarse conmigo, delante de mi hija pequeña, también presente a su pareja con aquella jactancia que más bien parece que pretende situarse en el centro del universo, y no sólo eso, sino que todavía busque implícitamente que uno les aplauda la osadía de haber roto con los condicionamientos sociales y grite su homosexualismo a los cuatro vientos. Eso más que parecerme un acto heroico me parece más bien una actitud de inmadurez humana, de criterio, de sentido común e incluso de civilidad.
Quiero decir: no me asusta nada lo que hagan con su vida los demás, pero creo que en ese afán por “posicionarse” e incluirse socialmente se atropella los derechos de muchos otros. Jamás vi en Nueva Zelanda por parte del sector lésbico, homosexual, feminista, etcétera, este exhibicionismo y esta bullanguería sexista que vivimos los mexicanos con respecto a esto.
Entiendo que hay una gran confusión entre ganar espacios en la vida pública, la vía normativa y legal, en nuestra constitución incluso, pero en las relaciones sociales y humanas yo creo que debe repensarse muy bien en que el sector lésbico, homosexual, transexual, feminista, etcétera, está cometiendo los mismos errores que critica: intolerancia, exclusión, y demás.
Una charla familiar de sobremesa nos hizo (por lo menos a mí) concluir que todo este es un asunto que está más allá del uso del lenguaje propagandístico y de la exuberancia corporal y, en cambio, más acá de una verdadera transformación a nuestro Estado de Derecho (con principal énfasis en el tema de los derechos humanos), ámbito toral para que ningún sector de la sociedad quede excluido de sus derechos y obligaciones.

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