Los desalojados del tren

La nueva novela que escribo es una novela para niños, como las dos anteriores 
que tengo, La mala jugada (recientemente publicada) y Los trenes nunca vuelven 
(por publicarse). La nueva novela es parte de la misma trilogía y trata de unas 
familias que son despojadas injustamente de sus viviendas por vivir cerca de las vías del tren.
 La escribo porque yo nací y pasé toda mi infancia en la colonia Los Viveros, a dos cuadras del 
ferrocarril. Tuve amigos que vivieron en los vagones del tren, convertidos en casas. 
Llegué a entrar a varias de estas casas-vagón.
 Vi las carencias y me dolían, pero nunca las sentí como ahora, más consciente de muchas 
cosas. Hace unos días confirmé, nuevamente, que la realidad está por encima que cualquier 
fabulación, pues sucedió justamente lo que estaba  yo escribiendo en mi novela: un grupo 
de familias que vivían en las cercanías de las vías del tren, en la colonia Prados del Sur, 
fueron prácticamente barridas por maquinaria de la empresa Ferromex, dejándolas sin casa 
en un santiamén. Todos conocemos los peligros que implican vivir en zonas de riesgo como ésta, 
o en las cercanías de los ríos, o en ciertas áreas del mar o la montaña, etcétera, pero 
también estamos obligados a saber que ningún ser humano tomaría la decisión de vivir ahí 
si tuviera la posibilidad de vivir en un lugar mejor. No hay nadie que, en un sano juicio, 
busque el mal para sí mismo. Por eso, las autoridades y las leyes encargadas de regular 
la conducta de las empresas (como la Ferromex) deberán buscar los mecanismos para que a 
estas familias se les repare el daño y, lo más pronto posible, se les brinde la oportunidad 
de una vivienda digna en un lugar no menos digno también. Aunque la empresa Ferromex ha 
actuado, tal vez, conforme a la ley, no hay que olvidar nunca el viejo principio: 
“la necesidad no está sujeta a la ley”.

            
		
		

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