Los habitantes de San Joaquín

Los capitalinos olvidamos normalmente que todavía existe la zona rural en México. Olvidamos, también, que esa zona rural conserva (como si ahí el tiempo hubiera decidido detenerse) una forma de ser (en costumbres, en tradiciones, etcétera)  que ya ha muerto o al menos agoniza en la zona urbana. Más que un puente lo que hemos levantado (entre lo rural y lo urbano) es un muro, olvidando que gran parte de la riqueza de nuestro país (y, si me apuran, la verdadera esencia de nuestro país) se encuentra en nuestras pequeñas (y olvidadas) comunidades rurales.

Por eso yo siempre reconoceré a un gobierno (sea del partido que sea) que no olvide estos principios. La noticia en la que se dio a conocer que el gobernador Mario Anguiano entregó a treinta y seis familias de la comunidad de San Joaquín, del municipio de Cuauhtémoc, escrituras que acreditaban, ahora sí, la propiedad de su patrimonio, y que estaban en proceso veintiocho más para terminar con la regularización del resto, se convirtió, a decir de uno de los pobladores, en una fiesta. Y no es para menos: si después de la propia vida uno de los aspectos que más nos duele perder (o no ganar) es el patrimonio. Yo creo que son importantes obras como la del Tercer Anillo periférico, que tanto polémica ha causado, o aquella de los pasos desnivel, o incluso esa otra del túnel ferroviario de Manzanillo, que nos seguirá abriendo la puerta a la modernidad y al mundo, pero a mí, en lo personal, nada me conmueve más que aquellas acciones en las que se beneficia a los pequeños pueblos o comunidades, sobre todo si están olvidados.

Un poste de luz que se ponga o una pileta de agua que se construya transforma la vida de estos pobladores. El gobernador Mario Anguiano, que viene de una comunidad rural, lo sabe mejor que nadie. Yo le quiero pedir, por ello mismo, una sola cosa: que no lo olvide.

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