Los rectorables: quién sí y quién no

La sucesión rectoral se está complicando y se complicará más no porque elegir a un rector sea un asunto complejo, obviamente, sino porque en tal elección se están anteponiendo intereses personales y, hay que decirlo, políticos.

Muy personales y  muy políticos, diría yo. Aquí en Nueva Zelanda, en la Universidad de Otago, la elección del rector se realiza de forma muy sencilla y sin aspavientos: se ven los curriculums de los aspirantes, tomando en cuenta tres aspectos fundamentales (trayectoria administrativa, reconocimiento en investigación y solvencia en enseñanza), pasan bajo la lupa de un Comité y luego, de forma abierta y transparente, se da a conocer al mejor. Al mejor, obviamente, no para un grupo, sino para la universidad misma. Así se hizo no hace mucho y yo fui testigo de ello.

Meritocracia pura y dura, pues. En la Universidad de Colima, sin embargo, no tendría por qué no ser del mismo modo, siendo que -y nadie lo va a negar ya pues han aparecido muchas notas que lo confirman- se trata de una universidad de clase mundial. Como es así, las autoridades encargadas de elegir al próximo rector o rectora deberían sujetarse a los mismos principios a los que se sujetan las universidades de clase mundial, como la nuestra, y entonces tendremos un rector, por ejemplo, con gran trayectoria administrativa (como funcionario universitario), con gran reconocimiento en investigación (que tenga publicaciones académicas en editoriales y revistas arbitradas de prestigio internacional, y haya hecho aportaciones en su propia área de conocimiento) y en enseñanza (que haya dado clases frente a grupo de forma solvente y continuada).

De esta forma,  justa y plural, se tendría al mejor rector de nuestra alma máter, evitaría las guerras internas y externas que tan mala imagen dejan entre oriundos y extranjeros, y, de paso, los que se sienten rectorables se podrían contestar ellos mismos a la pregunta: ¿de verdad estoy a la altura de tan honorable cargo?  Una cosa sí tengo cierta: el nombre del próximo rector (sólo el puro nombre y no mil artículos alabatorios) nos dirá, invariablemente, si es cierto que nuestra máxima casa de estudios puede seguir sintiéndose orgullosa de sí misma y, nosotros, de ella.

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