México y el transexualismo

Por respeto a su privacidad, no revelaré el nombre del mexicano que hace poco más de cuatro años vino a Dunedin (Nueva Zelanda) a trabajar como profesor en el Departamento de Medicina de la Universidad de Otago, acompañado de su mujer y sus dos hijos, de cinco y diez años en aquel entonces, con quienes convivimos muy cercanamente desde el primer día de su arribo.

Sólo diré que hace escasos tres meses recibí una carta de él mismo notificándome que se había separado de su esposa porque estaba iniciando ya su transición de hombre a mujer, me daba su nombre de mujer, que ya aparecía en todas las bases de datos de la Universidad de Otago, como lo comprobé, y me explicaba que las autoridades de salud le habían aprobado su cambio de sexo, después de pasar por el proceso de ajustamiento correspondiente.

Aun cuando me indicó que era un paso difícil (pues dejaba una mujer y dos hijos), sentía que había llegado por fin el momento de poner a convivir sin exabruptos su identidad sexual psíquica con la corporal, luego de haber vivido reprimido por décadas en México, dentro de una familia y una sociedad incapaz de entender un realidad de esta naturaleza.

Mi primera reacción, debo reconocerlo, fue de rechazo y reprobación. Una mujer, dos hijos, toda una familia: ¿por qué esconder esa verdad tanto tiempo?

Leí profusamente al respecto sin llegar a ninguna verdad contundente. Incluso, para ahondar más en el tema, vi She is a boy I knew (Ella es el niño que yo conocí), del transgénero Gwen Haworth, un documental extraordinario que ayuda a comprender de manera menos discriminatoria el fenómeno.

Artículos sobre el tema no se ponen de acuerdo sobre las causas de este desorden de la identidad sexual (en inglés: Gender Identity Disorder), y cada día aparecen más casos que vuelven a romper con los últimos paradigmas , como el de aquellos gemelos estadounidenses, ambos del sexo masculino, que después se convertirían en hermano y hermana, pues uno de ellos, desde la edad de cuatro años, supo que era niña y hoy, por fin, a la edad de 14, dejó de ser Wyatt para convertirse en Nicole, la nueva voz de los transgéneros en USA.

El final feliz del transgénero mexicano en Nueva Zelanda me hizo recordar la otra cara de esta moneda: la de la activista Agnes Torres Hernández, brutalmente asesinada hace escaso un año en Puebla. Agnes Torres jamás logró el cambio legal de su identidad, ni siquiera que la Universidad Veracruzana le otorgara su título como sicóloga con el nombre que ella escogió, y no con el que se había matriculado originalmente.

Agnes Torres murió en el intento y, aunque detuvieron a sus asesinos, todos sabemos que el mayor de los crímenes cometido en su contra seguirá impune hasta en tanto la sociedad mexicana no alcance los mínimos niveles de tolerancia.

 

Pero si hemos sido incapaces de legalizar el aborto y las bodas gay,  seguramente legislar sobre el cambio de sexo en México será ya, a estas alturas, mucho pedir.

 

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1 comentario en “México y el transexualismo”

No podemos negar una realidad existente en nuestra sociedad, allí está, y debemos atenderla para evitar problemas, y clandestinidades. Estoy totalmente de acuerdo en que se legalice el cambio de sexo y que se les reconozca dentro de la sociedad, con los derechos y obligaciones que ello implica.

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