Mireles leyó a Hipócrates, pero no a Esopo

Esopo es el autor de la fábula “La zorra y el espino”. En ella, con su característico estilo, el griego inmortal nos cuenta la historia de aquella zorra que iba saltando sobre unos montículos en el bosque y, de pronto, al intentar bajar uno de ellos falseó el paso y estuvo a punto de caer. Cuenta Esopo que la zorra, para evitar irse de bruces, extendió un brazo y se agarró de un espino, pero que, por supuesto, lejos de hallar en él sosiego lo que encontró fue muchas púas que se le enterraron en las patas. La zorra, cuenta Esopo, al sentir el dolor -y luego de pegar tremendo grito que hizo retumbar la tierra entera-, giró la cabeza arrebatadamente e increpó al espino, diciéndole: acudí a ti en busca de ayuda, ¡y más bien me has herido, desgraciado! El espino, al ver el miserable rostro de la zorra, se irguió y le replicó: tú tienes la culpa, amiga zorra, por asirte a mí, pues bien sabes lo bueno que soy para enganchar y herir a todo el mundo, y tú, claro, ¡qué esperabas! La moraleja que da Esopo al final es más que evidente, pero es necesario transcribirla pues no falta el despistado que no la entienda, y dice: nunca pidas ayuda a quien acostumbra hacer el daño. Según Murillo Karam, procurador general de la República, José Manuel Mireles no respetó acuerdos y fue detenido por hechos concretos: portar armas de uso exclusivo del ejército. Según  el ex líder de todas las autodefensas de Michoacán, quién combatió frontalmente a Los Caballeros Templarios, su detención no se debió más que a una traición por parte  del gobierno de Peña Nieto, quien debió haber encerrado a la escurridiza Tuta, el verdadero malo de la película. Difícil, por lo visto, que se pongan de acuerdo. Lo único cierto es que, en realidad, nadie tiene la culpa de que Mireles esté tras las rejas sino él mismo, y todo por leer a Hipócrates en lugar de a Esopo.  De haber leído no sólo “La zorra y el espino”, sino también “La zorra y el mono coronado rey”, “El león y el asno ingenuo” y “El lobo y el cordero en el arroyo”, todavía andaría por los caminos de Michoacán con su gloria a cuestas. Pero no hay mal que por bien no venga: ahora podrá leer a Esopo en la oscuridad de su celda, con la tierna luz de la luna, la cabeza rapada y el bigote ido. Ojalá que no sea demasiado tarde.

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