Mochilas

A nadie asombra ya saber que Nueva Zelanda se encuentra entre los países con mejor educación en el mundo, junto con Finlandia y Japón.

 

Yo, que conozco el sistema educativo neozelandés, puedo corroborarlo.

 

De paso: también conozco el mexicano, donde me formé, de tal modo que la comparación es inevitable.

 

México, al contrario, ocupa los últimos lugares, al lado de Tailandia e Indonesia.

 

Las comparaciones en mi país son mal vistas aun cuando son esenciales para el progreso humano.

 

Si no me comparo, así sea conmigo mismo (lo que soy y lo que fui, incluso lo que puedo ser), no mejoro.

 

No evoluciono.

 

Donde se nota la gran diferencia de la efectividad de la educación en uno y otro país es, curiosamente, en las mochilas, aparte de que en Nueva Zelanda sería inadmisible tener a una líder magisterial por 23 años, y sin que a nadie esto le parezca anormal.

 

En la educación básica neozelandesa el peso de la mochila es antípoda al mexicano.

 

Mi hijo, en México, llevaba una mochila con siete u ocho libretas e igual número de libros: biología, historia, matemáticas.

 

Aquí, en Nueva Zelanda, su educación está básicamente centrada en tres ámbitos: lectura, escritura y matemáticas.

 

Y lo único que lleva y trae de la escuela es el libro que tiene que leer al día: una lectura literaria, curiosamente, que comenta en un cuaderno de lecturas.

 

Al año suma una cantidad que está lejos de parecerse al promedio de lectura anual mexicano, cuya cifra es abrumadora: sólo el 1% lee.

 

La mochila neozelandesa tiene el grosor de un libro de Juan Rulfo. La mexicana es una piedra que arquea las espaldas de los niños: ahí van por la calle dando bandazos.

 

¿De qué sirve cargar una mochila tan pesada de libros y cuadernos si los beneficios que suponemos en ellos no se refleja en esa realidad tan canalla  (y ahora sangrienta) que vive nuestro país?

 

¿Cómo es que, en cambio, ese delgado portafolios que llevan los niños neozelandeses a su escuela les devuelve una realidad mucho más afable y mucho menos incierta?

 

La verdadera reforma educativa en México no requiere más libros, más libretas encuadernadas, más gastos escolares, más horas de clase, más líderes sindicales, más secretarías de educación, más burocracia.

 

Requiere, nada más, que al menos el 1% de la realidad de los programas de estudio se refleje en la realidad, lo que equivaldría a hacerle la mochila menos pesada a los niños y el futuro más alentador.

 

Hace un par de días adquirió rango constitucional la reforma educativa en nuestro país, en el marco del aún llamado Pacto por México, que parece desinflado.

 

Haberle dado un “rango constitucional”, sin embargo, nada cambia, pues los mexicanos tampoco creemos en nuestra carta magna, ni mucho menos en quienes elevan a rango constitucional lo que sea.

 

Y este es el problema mayor: los mexicanos ya no creemos en nada.

 

Lamentablemente.

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