Moral y disidencia

No hay peor cosa en la vida que no profesar con el ejemplo, decir una cosa y hacer otra, exigir lo que somos incapaces de dar. En gran medida, lo que ha socavado el ejercicio político, a los partidos políticos y a los políticos mismos es decir una cosa y hacer otra, esto es mentir. La sociedad está cansada de esos personajes que prometen y no cumplen, los personajes que se esconden bajo una apariencia de bondad que no tienen y al final demuestran ser todo aquello que critican, intentando engañar a los otros. No quiero, por el momento, dar ejemplos concretos, pues los nombres sobran, pero es importante que aquellos que asumen liderazgos sociales y luchas ciudadanas tengan, por lo menos, el mínimo de congruencia ética como para poder legitimar su disidencia y disenso, la suficiente moral como para ganarse la credibilidad de aquellos intereses que dicen representar y abanderar. Yo no puedo, por ejemplo, exigirle a mi universidad que sea una institución que priorice lo académico en lugar de lo político si yo mismo no he hecho otra cosa que priorizar lo segundo por lo primero, descuidando los compromisos básicos que marca la norma universitaria según el contrato que haya establecido con ella. Si la universidad o gobierno, por el salario que percibo, me impone realizar determinadas tareas, así como yo tengo el derecho de devengar ese emolumento, también la universidad o gobierno está en el suyo de obligarme a cumplirlo, de lo contrario el contrato se disuelve. Tampoco puedo, en un ámbito más político, denunciar corrupción o malversación de dineros públicos si yo he cometido sabidos actos de corrupción y se me ha acreditado que he malversado mismos fondos públicos. Estoy hablando, claro está, de lo que se conoce como solvencia moral, esa que nos sirve precisamente para poder denunciar o desacreditar a nuestro interlocutor cuando ha cometido agravios considerables al bien común, y que no podemos ni pensar en usar cuando hay en nuestro haber agravios iguales o peores a los cometidos por él. No somos perfectos, es verdad, y tampoco se trata de hablar siempre desde una inmaculada posición, pues el que esté libre de pecado -ya lo sabemos- que arroje la primera piedra, pero por lo menos en aquello que específicamente denunciamos sí debemos acreditar suficiencia moral. Como lo mencioné antes, si criticamos que la Universidad de Colima no es una universidad académica y en nuestra hoja de registro no contamos con productos académicos significativos, asesorías de tesis, buenas evaluaciones en docencia, ingreso en el Sistema Nacional de Investigadores, etcétera, entonces no nos convertimos sólo en parte del problema sino en los responsables del mismo. La disidencia implica, pues, moral, una mínima en lo general y una absoluta en lo particular, de otra forma nuestras reclamos serán de espuma o aire, una mera pompa de jabón que romperemos hasta con un parpadeo.

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