Pista de hielo

Pues yo estoy de acuerdo en que la pista de hielo vuelva a colocarse en el Parque Hidalgo, tal como se hizo el año pasado. Yo no disfruté patinando pero lo hice viendo patinar. Me iba en las noches nada más para ver patinar o incluso para ver a los que veían patinar, y así me divertía, comiendo un hot dog o una paleta de jamaica, arriba en las graderías, el cielo lleno de estrellas. Yo no sabía que con los bienes del pueblo el gobierno tenía que hacer “buenos negocios”, pero si de eso se trata, pues entonces con mayor razón hay que poner la pista de hielo nuevamente. Como en todo negocio, hay que “acorrientarla”, y para eso un año no es suficiente. Se tiene que persistir otros dos años más. O tres. Seguramente que los que ya aprendieron a patinar, que no fueron pocos, ahora lo volverán a hacer, y seguramente que los que no lo hicimos, lo haremos este año. Yo creo que muchos, como yo, prometimos hacerlo este año. Yo me dije un día (o le dije a mi hermano Héctor, no recuerdo): “sabes, yo el siguiente año sí me animo, vale”. Así que juntando a los que ya aprendieron a patinar, más los que apenas vamos a aprender, más otros aventados, pues seguro que el negocio será próspero y así los que ven (y han visto) al gobierno como un “buen negocio” pues estarán servidos y contentos. Por eso, y por todo lo bien que le cayó a la sociedad colimense este punto de encuentro llamado “pista de hielo”, es por lo que el presidente municipal Ignacio Peralta debe perseverar en su intención. Y ahora que he mencionado al presidente municipal Ignacio Peralta voy aprovechar, de paso, para decirle que no arrastre sombras familiares. Que no hay peor forma de gobernar, cuando uno gobierna, o de escribir, cuando uno escribe, que hacerlo bajo la sombra del chantaje familiar, que es peor que las bombas de Hiroshima y Nagasaki un día del año 1945. Hay que liberarse de eso pronto, sacudirse esas garrapatas antes de que le chupen a uno todita la sangre, toditos los huesos, el buen juicio todito, y lo dejen, a uno mismo y a sus caminos, sin porvenir.

Ecos de la Costa

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